Daniel Coronell tiene una sonrisilla inconfundible. Aparece, generalmente, cuando cree haber encontrado la pieza que faltaba para cerrar el rompecabezas. Es una sonrisa entre burlona y satisfecha, que deja asomar los dientes como si la conclusión estuviera lista para morder antes de que termine la historia. Nada reprochable: cada quien administra sus gestos. El problema comienza cuando detrás de la sonrisa viene la seudosentencia.
Coronell es un atendible investigador periodístico. Busca documentos, recupera audios, encuentra chats, entrevista protagonistas y relaciona acontecimientos. Ese es su oficio y allí reside buena parte de su malévola habilidad. Otra cosa, muy distinta, es convertir el resultado de esa investigación en una suerte de verdad judicial anticipada.
Porque una cosa es una fuente y otra una prueba; una cosa es entrevistar y otra interrogar bajo las reglas de un proceso judicial; una cosa es confrontar periodísticamente y otra someter una declaración a contradicción. Y, sobre todo, una cosa es formular hipótesis y otra declarar probado un hecho.




