Por: Valerio Mejía Araújo.
“Busqué entre ellos un hombre que levantara una muralla y que se pusiera en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyera; pero no lo hallé”, Ezequiel 22:30
En medio de una situación caótica como esta: -“Tú no eres tierra limpia ni rociada con lluvia en el día del furor. Hay conjuración de sus profetas en medio de ella, como de león rugiente que arrebata la presa. Devoraron vidas, tomaron haciendas y honra, multiplicaron sus viudas en medio de ella. Sus sacerdotes violaron mi Ley y contaminaron mis santuarios; entre lo santo y lo profano no hicieron diferencia, ni distinguieron entre inmundo y limpio. De mis sábados apartaron sus ojos, y yo he sido profanado en medio de ellos. Sus jefes en medio de ella son como lobos que arrebatan la presa: derraman sangre para destruir las vidas, para obtener ganancias injustas. Sus profetas recubrían con lodo suelto, profetizando vanidad y prediciéndoles mentira, diciendo: ‘Así ha dicho el Señor’, y el Señor no había hablado. El pueblo de la tierra oprimía y robaba; al afligido y necesitado hacía violencia y al extranjero oprimía contra derecho”-.
Dios da estas patéticas palabras al profeta Ezequiel para que se las transmita a su pueblo. Insistentemente, Dios se empeña en la búsqueda de hombres que hiciesen vallado a favor de la tierra, pero no se halló.





