Se da inicio hoy lunes, a la Semana Santa, tiempo para meditar en Jesús, su misión evangelizadora, su sufrimiento, muerte y resurrección; y nada más propicio que comentar el evangelio de hoy: Juan 13:16-20, deteniéndonos en el contexto de aquel momento en que, por sus enseñanzas, por los signos realizados y por la cantidad cada vez más grande de discípulos que le seguían, despertó celos en las autoridades judías, fariseos y saduceos. Para colmo, escucharle decir: “No es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía”, aumentaba el encono en todos ellos.
Ahora bien, a manera de reflexión, interpelémonos: ¿qué nos deja esta frase? ¿Será que lo que el Maestro nos quiere decir hoy es que todos somos iguales en dignidad, que entre los verdaderos cristianos no tiene por qué haber discriminación, que no es más el empresario que el obrero, el doctor que el taxista? No obstante, pareciera que con el pasar del tiempo, en lugar de ir acabando con esta abominable práctica discriminatoria, más bien la estamos incrementando, pues ahora tenemos conflictos entre el inmigrante y el raizal, entre el hombre y la mujer, entre el civilizado y el indígena. Es decir, estamos en abierta desobediencia al mandato divino de amarnos como hermanos.
Frente a esto, ¿qué podemos hacer? La encíclica del papa Francisco “Evangelii Gaudium” parece darnos una respuesta: “Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el dulce entusiasmo por hacer el bien” (Capítulo 1, numeral 2). Tenemos que arriesgarnos a intentar salir de estas mezquindades y volver a Cristo, al encuentro personal con aquel que, haciéndose uno más de nosotros, no se dejó seducir por las tentaciones del maligno. Hay que emprender el camino, ese camino que conduce a una mejora continua, a abandonar todo aquello que nos hace infelices y descubrirlo a Él, que lo dio todo y todo lo entregó para nuestra salvación.
El mundo consumista actual solo nos ofrece una variada oferta de fugaces placeres que nos alejan cada vez más de la verdadera felicidad, esa felicidad que buscó desesperadamente la samaritana y que solo encontró en Jesús.
Ojalá, lo aquí expresado, te ayude a reflexionar, pues es precisamente esa la finalidad. ¡Que el Señor te bendiga!
La frase de cierre: “Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”. Autor: Papa Francisco (1936-2025) Encíclica: “Evangelii Gaudium” (página 26).
Por: Darío Arregocés Baute.
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