Aunque tengo muchas anécdotas, me limitaré a contar las que considero más sorprendentes. Como la acontecida por la invalidez laboral de un colega compañero de trabajo, pensionado por enfermedad general desde cuando yo era médico general. Por lo cual, la esposa de mi entrañable colega inválido, para mejorar el ingreso monetario familiar, transportaba niños escolares en su carro. Ella fue a mi casa y llorando me dijo: “Me han robado el carro y vengo a suplicarle para que vaya conmigo a San Juan del Cesar, para que el jefe de la banda de roba carros me lo entregue”.
Muy intrigado, le pedí que me explicara con calma, ya que yo no tenía nexos con bandas de ladrones. “Una persona muy importante de San Juan me ha dicho que el jefe de la banda me ayudaría si usted se lo solicitaba”, me respondió lagrimando. Por solidaridad, en hojas de mi recetario médico, respetuosamente, le pedí al tal jefe que le colaborara. En poco tiempo regresó a mi casa y muy contenta me relató: “El jefe de la banda me indemnizó con 23 millones de pesos en efectivo, porque el carro ya lo habían desbaratado, y yo estaba vendiéndolo por 18 millones”. Y me dio un fuerte abrazo.
A través de la persona importante de San Juan del Cesar, averigüé quién era el jefe de la banda que, con obvia alegría, me informó: “Doctor, yo a usted le profeso un agradecimiento profundo, porque en dos ocasiones me ha salvado la vida; la primera vez en la Clínica Valledupar, donde me llevaron malherido, y usted me operó dejándome una colostomía. Después yo me afilié al Instituto de los Seguros Sociales (ISS) en la búsqueda de resolver el sufrimiento de la colostomía, pero no logré que usted me atendiera y me operó otro cirujano.





