A Severino Yolofo, un joven esclavo, le azotaron el dorso con un perrero cuando lo ataron a un poste en el patio del aljibe. Su falta fue no haber apretado la riata de la silla de montar del joven Tomás, esa mañana en que salía de cabalgata con Catalina Ruíz de Quijano y Mosquera, su pariente lejana. La caída del caballo sufrida por tal descuido rasgó el pantalón del jinete y le dejó moreteada una rodilla, que fue atendida por la dama que hemos dicho, toqueteando la lastimadura con un manojillo de ortiga, con mimos y palabras condolidas.
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Estaba ella, como él también, en la primavera de los 17 años. Era navidad de 1816. Ambos habían concurrido allí por invitación de Rafael Arboleda, pariente de los dos, dueño de esa hacienda en vecindades de Quilichao, un pueblito caucano.











