29 agosto, 2020

La desmoronada grandeza de la última marquesa

A la marquesa María Josefa Isabel de Hoyos y Mier se le fue apagando la vida sin que lograra escapar de su mundo de desmoronada grandeza, hasta su última hora, un día de septiembre de 1848, entre los truenos y fucilazos de una terrible noche de huracán. De su recuerdo quedó flotando en la memoria de muchos, un cuerpo menudo vestido de finas sedas rematado en cuello y mangas de caprichosos encajes, unos ojos hermosos que cautivaron a los oficiales de Morillo.

La criolla María Josefa  Isabel  de Hoyos nació  el 18 de julio de 1779 en Mompox.

Cartagena había caído. Fueron ciento cinco días de asedio. Un montón de muertos por enfermedades y hambre cubría las callejas de la ciudad. Los cadáveres con los vientres soplados al sol reventaban expandiendo gases de pudrimiento por todos los ámbitos. Sobre el lomo de la muralla renegrida de sol y lluvia, un negro revuelo de zopilotes que planeaban en espiral, contrastaba con el cielo azulino de diciembre. Los soplos del mar revolvían los hedores de carne corrompida con el humo de los sahumerios de bija, trementina y de incienso con que algunos soldados españoles   entrados a la ciudad, y unos paisanos que sobrevivieron a la tragedia, trataban de contener los brotes de la peste.

Los batallones de la Reconquista que mandaba el teniente general de los ejércitos del Rey, don Pablo Morillo Morillo, encontraron una ciudad devastada. Por eso levantaron toldas de campamento en los extramuros, mientras se regaba cal viva en ella y se sepultaban los muertos regados en los laberintos de las calles o se echaban mar adentro. Ahora vendrían los fusilamientos de los cabecillas de la insurrección que habían declarado la independencia, cinco años antes, en 1811.

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Toda la menudencia de estos sucesos lo sabía María Josefa Isabel de Hoyos y Mier, la marquesa de Torrehoyos, en su casona de Mompós. Los bongos y falúas que subían por el río de La Magdalena la nutrían de tales noticias, para ella esperanzadoras. Así supo que el general Morillo había llegado con sesenta y cuatro buques de guerra desde el puerto de Cádiz hasta la isla Margarita en la capitanía de Venezuela y que allí el insurrecto general Juan Bautista  Arismendi, ya vencido, le había suplicado de rodillas la gracia de su vida, y que pese a que el general Morales, subalterno del mismo Morillo, presente en la escena, se había opuesto aduciendo que los criollos  no hacían honor a la fidelidad, este lo indultó con un nuevo juramento de lealtad a España.

No más fue abandonar el general Morillo el lugar, donde había dejado a un regimiento de 200 de sus soldados, cuando Arismendi rompiendo su jura, se levantó en armas otra vez y pasó a cuchillo a aquellos hombres. Desde entonces Morillo se había hecho el propósito de no perdonar más nunca a un insurgente. Fue cuando comenzaron a alzarse los patíbulos a su paso.

CALAMIDAD

La marquesa se frotaba las manos de alegría por todas estas noticias que le llegaban. Fue una tarde, cinco años hacía, cuando le ponía un lazo a un gato de porcelana sentada en el sobradillo de una ventana, cuando escuchó la turba que pasaba. Estanisla Barón, una mujer del populacho momposino, pasó delante de una muchedumbre de zambos y mulatos con el puño en alto gritando insultos contra España y contra ella. Después los ecos de la noche le traerían los estallidos de la pólvora, los sones de los caramillos y tamboras celebrando la independencia.

Desde entonces los portalones de su casa, claveteados de rocallas, se cerraron con aldabones de bronce en un silencio total. Fue cuando tomó la costumbre de llorar de noche, sin que nadie la viera, para liberar la soberbia de su señorío derrumbado por la  insolente gentuza del lugar.

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Alguna carga de culpa creía tener ella misma por no haber advertido la catástrofe que se venía. Como una manera de averiguar enredos y tramas sin salir de su casa, tenía amigos allí en Mompós que le traían los chismes y comentarios de los chaluperos del río, de los monjes de las cofradías, de los copistas de memoriales y folios, de los regidores del Cabildo, de los fundidores de oro, de los comerciantes y contrabandistas, de los alfareros y artesanos, y hasta de lo que se decía en salas y alcobas en ciertas casas de gente de alcurnia y cultivada inteligencia. Por eso sabía que en el seno de tales familias se hablaban temas prohibidos y  de herejes como igualdad, república, revolución, sin duda, inventados por ateos y libertinos de la lejana Francia y puestos de moda acá por los viajeros que subían por el río.

Una tarde, una flotilla de champanes venía aguas abajo. Era el alelado y sordo virrey Amar y Borbón que con su esposa Francisca Villabona pasaban destituidos y desterrados a España después de ser presos y humillados por la chusma santafereña. Entonces es cuando ella entiende que debe abandonar Mompós. Adelante se fue su esposo Mateo Espalza con un arca que contenía 10.900 reales de oro, hacia La Candelaria de Plato donde la familia tenía posesiones y contaba con la adhesión de los terrajeros y la amistad de su cura, pero sucedió que los patriotas decomisaron una carta de ella, en la bota de un emisario, donde le solicitaba a su esposo que reclamara el apoyo armado de la gente de Santa Marta, partidarios del rey como ellos, a quienes ya les había enviado el auxilio de cien reses y cien caballos herrados de su hacienda de Calenturas, en los montes del Cesar.

Por eso, pronto le vino el embargo de sus bienes de parte de las nuevas autoridades patriotas, el robo de sus ganados, la fuga de sus esclavos y la usurpación de sus minas. Era el comienzo de su ruina. Pero otra calamidad la esperaba: de La Candelaria de Plato llegó un correo a pezuña de caballo por ser más rápido que por la vía del río, con la razón de que su esposo Mateo había muerto de un mal repentino. Sólo le llegaron los cubiertos de plata no más, porque el cofre que él había llevado consigo, tomó rumbos que nadie supo. El cura sólo envió una carta con palabras de pesadumbre.

LA CORTA ESPERANZA

Al fin, en un amanecer el coronel Warleta llegó a Mompós con un piquete de tropa española de la expedición de la Reconquista. Metió en los cepos a cuanto patriota pudo agarrar, ahorcó a unos y a otros los llevó prisioneros chapoteando aguasales por los rebosos del río, en esa época del año.

Después llegó don Pablo Morillo con el grueso del ejército en tránsito hacia Santafé de Bogotá, precedido de su mala fama por la carnicería que hizo en Cartagena, entre ella, el fusilamiento de Pantaleón Germán Ribón, pariente de la marquesa e hijo de la villa a donde llegaba ahora. La marquesa iluminó su casona con candelabros de plata, mandó a sacrificar reses de sus dehesas para dar de comer a la tropa, acondicionó alojamientos, y luciendo sus guardadas alhajas y mejores atavíos, salió a recibir al general Morillo para invitarlo con los oficiales de mayor rango a que tomasen posada en las alcobas de su inmensa morada.

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Allí, en los corredores de su misma residencia le fue presentado Juan Antonio Imbrech, un oficial del Estado Mayor, y sin darse mucho tiempo por la escasa permanencia que estaría la tropa en Mompós, comenzó entre ellos un juego de frases galantes que terminó en un apretado noviazgo. Pidió ella a Morillo que le diera de baja al pretendiente, y en abono de tal pedimento le donó a dicho general 200 caballos que este destinó al servicio de sus destacamentos.

En noviembre de 1817 hubo boda. No duraría mucho el encanto de esa primavera monarquista porque las huestes guerreras de Bolívar subieron por el páramo de Pisba y vencieron en Boyacá, y otra vez el mundo se le volteó a la marquesa. Entonces salió en volandas para Cartagena y de allí al destierro. La hora negra llegó para las propiedades del mayorazgo. Las reses de Cispacata fueron confiscadas para el sustento del ejército patriota; las tierras de San Luis las invadió Domingo Sampayo, un general de la revolución que ocupó tales propiedades. Carreralarga, otro latifundio, quedó vacío pues no le dejaron ni un pollino; los hatos de Loba quedaron al cuidado de un esclavo dominado por el ron, quien sumido en las brumas de sus borracheras todo lo perdió; Calenturas y Las Cabezas del Paso del Adelantado fueron entregadas al coronel José Félix Blanco quien abusó regalando esclavos, vendiendo reses y atendiendo los pedidos de carne de los comandantes patriotas de El Banco, Chiriguaná y Valle de Upar.

Sólo el regreso de los marqueses podría salvarlos del colapso final. Parientes colaterales como los Ribón y los Mier, intrigan a su favor ante las autoridades republicanas. Desde Jamaica, donde se habían refugiado los marqueses, invirtieron cuanto tenían en mercancías para lograr una reventa que aumentara el caudal disminuido, pero la goleta Entemprise donde venía el envío, desapareció para siempre. Después de un largo tiempo de alegatos y negativas, más el pago de 8.000 pesos de oro que consiguieron prestados, les devolvieron sus tierras y casas de Mompós.

Como su padre, doña María Josefa Isabel se fue quedando ciega y una atrofia de glándula le produjo un coto que disimulaba con el encaje alto del cuello de sus vestidos. Nunca salía, y a cambio de algunos reales, un cura le daba la comunión en un aposento de la casa. En una de las pocas veces que salió, fue vista cuando llegó la noticia de la muerte de María Josefa Trespalacios, su prima, quinta marquesa de Santa Coa, sucedida en Barcelona.

En la iglesia de La Concepción fue llevada de la mano de una criada donde se rituaba una ceremonia por el alma de aquella. Ese mismo día crujió el techo durante los oficios divinos cuando 32 frailes oficiaban ante un catafalco simbólico arropado de negros crespones y con el blasón bordado de la casa de Santa Coa. Se hubo de apurar los rezos, y no bien había salido la gente cuando la torre se vino al suelo sepultando todo lo que encontró en su caída. La marquesa de Torrehoyos, desmadejada por un ataque de pánico, fue llevada a una casa vecina, y recobrada con un brebaje de panela y jengibre la llevaron en andas a su casa. Alguien tuvo entonces la ocurrencia de decir que tal derrumbe era el presagio del desplome de los marquesados.

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Después de este suceso a la marquesa María Josefa Isabel de Hoyos y Mier se le fue apagando la vida sin que lograra escapar de su mundo de desmoronada grandeza, hasta su última hora, un día de septiembre de 1848, entre los truenos y fucilazos de una terrible noche de huracán.

De su recuerdo quedó flotando en la memoria de muchos, un cuerpo menudo vestido de finas sedas rematado en cuello y mangas de caprichosos encajes, unos ojos hermosos que cautivaron a los oficiales de Morillo, y los desatinos de sus frases en los últimos tiempos, cuando vagaba por los corredores de su casona en la albarrada, dando órdenes brumosas que recordaban la guerra de su familia con los negros cimarrones, las indiadas chimilas y el bando de los patriotas.

No hubo recobro de las buenas épocas. Los republicanos que habían sido enemigos de su opulencia de otros días, se saciaron de pillaje en sus heredades, en la hora en que no volvió más la luz de su buena estrella, hasta convertir en escombros el todopoderío de su linaje que había crecido sobre el llanto, el sudor y la sangre de los indios y de sus negros que existieron desposeídos de todo derecho, perseguidos por las leyes de los amos blancos y olvidados de la piedad de los cielos por una dolida ausencia de Dios.

Casa de campo Las Trinitarias, Minakálwa (La Mina), territorio de la Sierra Nevada, marzo 18 de 2020.

Por: Rodolfo Ortega Montero.