10 octubre, 2020

La historia de Librada Mendoza, una tragedia y mil historias

Munguía, que pertenece al municipio de María La Baja, era un pueblecito habitado por treinta adultos y cincuenta niños, así lo recuerda Librada. Ella dice tener sesenta y ocho años, su rostro refleja más; sin embargo, por su vitalidad, parece que son menos los que ha cumplido.

Librada Mendoza.

FOTO/CORTESÍA.

A mí me ha entrado todo en la vida, menos las letras, pero eso no me ha faltado, porque yo he sido una mujer inteligente”. Lo dice Librada Mendoza Silgado, mientras ofrece café, que sirve en un pocillo, e invita a que nos sentemos en la sala de su vivienda en Palenquito, Bolívar. Ella dice tener sesenta y ocho años, su rostro refleja más; sin embargo, por su vitalidad, parece que son menos los que ha cumplido.

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En este lugar la conocen como la cancamajana, que es un término palanquero utilizado para identificar al líder de una comunidad. A lo largo de su vida se ha dedicado a distintos oficios como extractora de arena del arroyo Ají molío, vendedora de baratijas, de pescado en Barranquilla, servicio doméstico, contrabandista de cigarrillos Marlboro, transportadora de marihuana de manera inconsciente y consciente, celestina, entre otros.

Por años lideró procesos de invasión de tierras y es reconocida como líder social. Ahora se dedica a la microempresa y al cuidado de sus propiedades rurales. Además, se identifica como poseedora de lo que llama su propia lengua

Palenquito es una vereda de Malagana, que es corregimiento de Mahates. Este lugar, habitado por no más de doscientas personas, surgió, en los años setenta, producto de la invasión a un predio denominado Ají molío, que es como se llama el arroyo al que bordean la mayoría de las viviendas. El primer nombre que recibió fue el de “chucha (vulva) arrastrá“, debido a que entre sus primeros habitantes hubo una mujer que, al carecer de una de sus extremidades inferiores, debía tirarse al suelo para movilizarse.

Librada llegó a este lugar en los años setenta, lo dice Guillermo Valencia Hernández, quien, además de vecino, fue su secretario, y a quien esta le reclama que la abandonó para irse como músico de Petrona Martínez. Después lo hizo Ana Claudina Silgado, su madre, conocida como ‘La Niña’, quien era bailadora de fandango, tomadora de trago y experta en lanzar maldiciones, advirtiendo que eso de bendecir no servía para nada. 

Claudina, como también se le conocía, tenía un temperamento férreo, el que justificaba diciendo que el rabioso tenía que coger rabia todos los días, y si no lo hacía se moría. Fue de su genio del que se apoyó para domar a ‘El tigre de Munguía’, como identificaban a Pedro Mendoza, su marido, quien era un hombre respetado y temido por su fortaleza física, por su fama de saber y practicar la brujería, y su mal carácter.

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Quienes lo conocieron aún recuerdan que cada vez que se embriagaba se armaba de una antigua pero filosa espada y salía de Munguía para María la Baja, a caminar sus calles para pedir que cualquier hombre le aceptara un desafío a muerte.

Era brujo y cogedor de brujas, dice su hija, quien, además, asegura que construyó en el patio de su casa tres galpones en los que encerraba a las que capturaba. También atestigua que oía a las apresadas clamar por su libertad y a su padre injúrialas, así como golpearlas con un látigo. Pero ‘El tigre’ tenía en Claudina a su domador. Celoso le prohibía que fuera a bailar fandango a María La Baja, pero ella, astuta, lo vencía con brebajes con los que lo dormía. Después de hacerlo la veían yendo por lomas, vestida con trajes de variados y de acentuados colores, zapatos puntiagudos, a los que su hija identifica como patas de garza, rumbo a la rueda de baile.

HUYENDO EN LA OSCURIDAD

Munguía, que pertenece al municipio de María La Baja, era un pueblecito habitado por treinta adultos y cincuenta niños, así lo recuerda Librada, como si esa cuenta, que sacó a los diez años, fuera exacta. Todos eran de la familia Silgado, a excepción de su papá y de la cuñada de su mamá, María Pérez, a la que recuerda como cantadora de sextetos. 

En él permanecieron hasta el día en que su madre decidió vender las doscientas hectáreas de tierra de las que era dueña. Ella dice tener claro las razones por las que, después de vender la tierra, en los años sesenta, y aun siendo niña, se fueron para Barranquilla.

De la primera razón, el desplazamiento forzado del que fueron víctimas, asegura que tenía ocho años y que fue de noche cuando debieron salir del pueblo, temiendo ser asesinados.  Corrieron en la oscuridad por lomas y en el monte, sin vestirse, ni calzarse, por la premura por partir.

Aún recuerda los cortes que hicieron en sus piernas las puntas de los frutos de las matas de bicho seco por el verano, cuando, corriendo y caminando, los contactaba. Salieron rumbo a Palenque, se detuvieron en una plaza que la oscuridad no los dejaba determinar a qué lugar pertenecía. Era María la Baja, entonces, guiados por un compadre de ‘El tigre’, llegaron hacia donde se dirigían.  

A los seis meses regresaron, lo hicieron en compañía de miembros de la guardia cimarrona de Palenque. Después, cuando creían que el interés por la propiedad de Claudina había desaparecido, un grupo de hombres armados irrumpió en Munguía con el objetivo de matar a ‘El tigre’. Librada asegura que su padre, debido a sus poderes sobrenaturales, evitó que dos hombres lo asesinaran. Se defendió con la perica, como llama a la antigua espada que aún conserva, pero un disparo lo hirió, y evitando ser rematado se colgó de un palo de mango.

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Ella y sus hermanos menores fueron a esconderse en el interior de un quiosco que utilizaban para expender gaseosas y panes, mientras los mayores, armados con palos, manos de pilón y machetes, contraatacaron a los victimarios. Hubo muertos del lado de los atacantes, asegura Librada, cuyos cuerpos fueron lanzados a un arroyo.

También testifica que la policía, antes de llegar a investigar los hechos, intentó poner una metralleta, a la que identifica como María palito, en una loma cercana, para matar a todos los habitantes del pequeño poblado, incluyendo perros y gallinas.

La policía se llevó a ‘El tigre’, en una improvisada camilla hecha de palos, hacia María La Baja. A su pueblo volvió cinco años después, dos de los cuales estuvo en un hospital y el resto preso en Cartagena.

Con la plata que produjo la venta de la tierra, adquirieron una casa en el barrio Carrizal de Barranquilla. En esa ciudad fue cuando la matricularon en una escuela pública donde se dormía, convencida de que en la vida le iba a entrar todo, menos las letras. Había perdido el interés por estudiar, el que tuvo en Munguía, cuando le pedía a su padre que la mandara a estudiar en una escuela, que quedaba a una legua de su casa, y este le respondía entregándole un machete pequeño, afilado, y mandándola a trabajar la tierra.

El irse a una ciudad con nuevas expectativas de vida, pero sin herramientas para insertarse en la vida laboral, hizo que Claudina, ‘El tigre’ y el resto de familia, conocieran la pobreza que en Munguía espantaban con los cultivos de pancoger que hacían en su tierra.

Librada fue creciendo y encontró en el lavar, planchar, hacer aseo, cocinar en viviendas en el barrio El Prado, una manera de sobrevivir. También vendió pescado por las calles de la ciudad, y cuando no conseguía trabajo, pedía comida porque eso de robar, asegura, que nunca ha sido lo suyo. 

Nacida en un pueblo y criada en el monte, se dejó ganar de la nostalgia y se embarcó en un bus para Cartagena, y posteriormente para Palenquito, donde vivía un hermano. Después llegó su madre y luego algunos de sus hermanos, quienes invadieron una de las orillas del Ají molío, donde levantaron sus viviendas. Para entonces, ‘El tigre de Munguía’ había muerto en Barranquilla.

IDEALES Y RECUERDOS

La situación económica no cambió al llegar a este lugar, tanto que asegura vio la vida en un hoyo. Necesitada de producir para vivir, encontró en el extraer arena del arroyo la forma de conseguir los recursos económicos con los que asegurar la comida diaria. Aún recuerda la frase que expresó antes de dedicarse a esta actividad: “Yo voy a caer al arroyo porque es mejor que él me vea mis partes íntimas y no un hombre que no me va a dar nada”. El día que más ganó con esta actividad fue cuando un individuo, al que ella y otras mujeres le vendieron arena, les regaló un billete de diez mil pesos. Viendo televisión, cuando fue muerto, supo que el donante había sido Gonzalo Rodríguez Gacha, entonces exclamó: “Ñerda, si yo trabajé para la mafia”.

Ella, que asegura compartir con los ideales del socialismo y el comunismo, reunió a un grupo de personas, habitantes de Malagana y de Palenquito, e invadieron un predio que estaba frente a esta última localidad. Sabía cómo hacerlo porque en Barranquilla participó en varias invasiones, tanto que dice haber sido la fundadora de algunos barrios. El segundo predio ocupado era de propiedad de Enrique Segrera, pero fracasaron porque la policía capturó al grupo que lo hacía.

Con el desayuno en las portacomidas se los llevaron para Cartagena, inicialmente para la cárcel de San Diego, donde no los aceptaron, después para Ternera, donde sucedió lo mismo; por último, para la estación de policía del corralito de piedra donde les dieron libertad.

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Sin plata para regresar, vestidos como agricultores y con machetes en las manos, caminaron por las calles de la ciudad.  Ella envolvió el suyo con un trozo de cartón antes de organizar el regreso del grupo para el pueblo. Pero este fracaso no la doblegó, continuó participando en invasiones como la del predio denominado Sonrisa, que era de la familia Vélez de Cartagena, en otro en cercanías a Palenque, y en Matuya. Esta fue la última. Intimidada por la muerte de cuatro cabecillas, dejó de liderar este tipo de procesos.

Paralela a esta lucha, llevaba la de lograr la instalación y funcionamiento de los servicios públicos domiciliarios para Palenquito. Una de las acciones emprendidas fue la de ir a Cartagena, a la electrificadora de Bolívar, para dialogar con el gerente, al que le ofreció sesenta votos a cambio de que los conectara a las líneas de conducción de energía eléctrica que van para Palenque.

 Este le entregó un millón de pesos para comprar los materiales, y tras contar con el servicio público, respondió con los votos. También participó en el proceso de obtención de los recursos para la construcción y puesta en servicio del microacueducto local, tarea en la que, inclusive, se le recuerda amenazando a un alcalde con revelar su vida entre prostitutas y ron, si no compraba los tubos que faltaban para culminar la obra. Aún sigue siendo política, y su lema es: “Si alguno me da plata, yo le parto el brazo al agarrarla”.

“Yo sufría mucho porque era madre soltera de cuatro hijos”, señala Librada. “Tenía un marido que volvía era después de la dieta que deben tener las recién paridas, por eso un día dije: ‘Esta maricada se va a acabar, para ser puta y no ganar nada, pepita estate quieta’. Pero apareció el ángel de mi guarda, tenemos cuarenta y siete años de estar juntos. Él me cogió nuevecita, me hizo una casa de material, grande. Por eso le digo a las jóvenes que sepan darlo -el amor-, que aprovechen la juventud para que el marido les dé las cosas que necesitan, porque viejas ni quien les pare bola”.

Estos días me he acordado de mi niñez en Munguía, de mis hermanos, de los que han muerto. De Petronita, mi hermana, esa a la que menciona Petrona Martínez en el disco ese que la hizo famosa, ‘Ay Petronita, la arena me va a matar’. También de mi hijo, al que mataron aquí en mi casa. Aún no he quitado la puerta del cuarto donde lo encontraron para asesinarlo, ahí está el hueco que dejó uno de los disparos que le hicieron. Es que me da guayabo hacerlo…”.

… Cuando siento que la tristeza llega mi cuerpo, con ganas de quedarse, la espanto, lo hago recordando lo que me dice Petrona Martínez: ‘Oye Librada, la vida vale la pena’”.

Álvaro de Jesús Rojano Osorio