CULTURA

La maldición de un cura y sus consecuencias

Lo he contado en varias ocasiones, lo narré en mi novela El hombre de las cachacas. Aunque yo no estaba en este mundo cuando eso sucedió, lo tengo bien claro porque me lo contó su protagonista en la ancianidad; de eso hace más de 20 años.

Foto creada por Gemini.

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Lo he contado en varias ocasiones, lo narré en mi novela El hombre de las cachacas. Aunque yo no estaba en este mundo cuando eso sucedió, lo tengo bien claro porque me lo contó su protagonista en la ancianidad; de eso hace más de 20 años. Al poco tiempo murió ciego, pero de sus labios lo escuché. Hablaba pausado, seguro de sus palabras y bastante resentido; a veces se le formaba un nudo en la garganta por el dolor que llevaba por dentro.

“Yo hacía de padrino ese infortunado día primero de febrero —la fecha exacta no la recuerdo muy bien—, estaba con mis ñeques encima, no lo niego; tal vez esto fue lo que me animó a actuar de esa forma. La madrina era una hermosa jovencita, estaba en sus quince abriles y su busto hermoso estaba en el despunte, semejante a unos limones grandes y puntudos. No los cubría con brasier alguno todavía; su firmeza y la textura de su piel los mantenían erguidos y vivos a la vista de cualquier morboso. En el bautizo, lucía un trajecito blanco y su cabellera azabache estaba adornada y sostenida con una vincha también blanca que hacía juego con su vestido y sus zapatos. Cualquier incauto pensaría que estaba haciendo su primera comunión.

Desde el comienzo de la ceremonia, noté en los ojos del cura su morbosidad; incluso, me atrevo a afirmar que su sotana estaba abultada en medio de su verija. Actuaba de una manera extraña, se acercó demasiado a la joven madrina, simulaba leer la Biblia y con los codos le rozaba el virginal busto moviendo sus brazos de un lado a otro. Se lo advertí reiteradamente: ‘Padre, respete o lo desbarato sin jabón’. No me hizo caso, estaba como burro hechor detrás de una potranca. Me enceguecí. Para esa época, el doctor Ovidio Palmera le había traído una navaja automática a mi papá para que capara los toretes; no sé en qué momento la activé y de un tajo le corté la barba. Aún recuerdo la transformación de su rostro: se puso rojo como un tomate, estrelló la Biblia contra el suelo y empezó sus maldiciones”.  

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