Camila Durán, mujer humilde, nativa de El Paso, había llegado a Mariangola en la década del treinta, con su esposo Ambrosio Melo y siete hijos. Como era costumbre, solía salir por las tardes a cortar leña con algunas de sus vecinas, pero el 3 de febrero de 1956 fue un día especial.
En el camino, extrañadas las cuatro mujeres que la acompañan, observan a Camila silenciosa; raro en ella, dado que siempre era la más y mejor conversadora. Al preguntarle el motivo de su silencio, les dice: “Como ayer era día de la Virgen de la Candelaria, me acosté pensando en el pueblo de Los Venados, porque dicen que la Virgen fue encontrada por un señor que iba con un viaje de ganado y al pasar por un terreno quemado, le llamó la atención un matojo verde, y ahí encontró en un lienzo la imagen de la Virgen”. Después de un breve silencio, concluye: “Anoche soñé que yo me había encontrado un santo en Mariangola”.
Las mujeres siguieron el camino, sin mostrar mucho interés por el comentario. Como si nada, Camila empieza a picar una rama, observa el resplandor de un objeto metálico, se agacha, lo toma en sus manos y al ver una imagen, grita: “¡Mujeres, vengan acá! ¡Un milagro! ¡Miren, esta es la imagen de un santo!”. Las mujeres, sorprendidas, se acercan y preguntan: “¿Y qué santo es?”. Al parecer, no se le veía bien el rostro, estaba desgastado por el tiempo, el sol y la candela.











