CRÓNICA

Rasputín, el loco monje de Rusia

Un día llevaron a Rasputín a tomar té con los soberanos. Causó un buen impacto con su charla salpicada de citas bíblicas y premoniciones confusas. Aferrados a cualquier esperanza divina y humana, no lo tomaron por charlatán. En 1907, una hemorragia del Zarévich desespera a los médicos rusos y franceses que estaban a la cabecera del enfermo. La zarina hace comparecer a Rasputín quien ora junto al lecho del príncipe. La hemorragia se detuvo.

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Ya había entrado el invierno ruso. Era diciembre 30 de 1916. La calesa tirada por dos caballos que resoplaban vapor de agua por sus ollares, se dirigía al palacio del príncipe Yusúpov. Además del cochero en el pescante, iba en su interior como único ocupante Grigori Yefimavich Rasputín, el monje, bajo la capota de lienzón.

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Pese a eso, sentía el frío intenso que golpeaba su rostro trasportándolo en el recuerdo a su lejana Siberia, cuando de Prokróskoye, su aldea natal, llevaba un carretón con centeno que cultivaba su padre, hasta Tiumén, ochenta verstas (85 kilómetros), siendo aún un mozalbete arisco y turbulento.

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