Ya había entrado el invierno ruso. Era diciembre 30 de 1916. La calesa tirada por dos caballos que resoplaban vapor de agua por sus ollares, se dirigía al palacio del príncipe Yusúpov. Además del cochero en el pescante, iba en su interior como único ocupante Grigori Yefimavich Rasputín, el monje, bajo la capota de lienzón.
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Pese a eso, sentía el frío intenso que golpeaba su rostro trasportándolo en el recuerdo a su lejana Siberia, cuando de Prokróskoye, su aldea natal, llevaba un carretón con centeno que cultivaba su padre, hasta Tiumén, ochenta verstas (85 kilómetros), siendo aún un mozalbete arisco y turbulento.











