Dedicado a las damas de AVIVA.
Eran los últimos años de Felipe II, que vestido de jubón y bombachos de luto, oía tres misas diarias en el monasterio de El Escorial, donde vivía en el encierro de sus aposentos. Para tales tiempos, año cristiano de 1580, también, en otro lado de España, un modesto cosechero de aceitunas daba asistencia al labrantío de una heredad de viñedos y olivos, plantío que no cubría más allá de un huerto en el pobladito de Verdú, “la villa de los cántaros negros” en el valle de Urgel, provincia de Lérida, tierras secas de Cataluña.
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