Eusebio Romero me contó esta historia mientras esperábamos en Calamar la llegada de otros pasajeros para completar el cupo de diez, que es el número requerido para partir en la chalupa que él conducía por el río Magdalena, rumbo hacia San Pablo. Nos amparábamos del sol y de la humedad de las 2:00 de la tarde con la sombra del alar de un caserón republicano construido a orillas del río.
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La mañana, en la que comenzó la historia que te voy a relatar, salí de mi casa para el puerto de El Peñoncito, que es el de las chalupas en San Pablo. Recuerdo que para hacerlo no cogí por ninguna de las calles, me fui por todo el borde del río. Eran las 7:00 de la mañana y no había sentido el ruido de la primera embarcación que hubiera salido del puerto para acá, lo que era señal de que sería un día igual a los tres anteriores en los que ni siquiera había prendido el motor. Para qué si no hubo quien viajara.











