El juglar que nació el lunes 20 de febrero de 1928, un día de Carnaval, en Altopino, La Guajira, vivió en tinieblas porque Dios quiso dejarle sin oficio uno de sus sentidos para cambiárselos por ojos en el alma, tuvo motivos valederos para estar feliz porque le añadieron en el año 2007 el primer monumento a su inmortalidad.
Un monumento que está ubicado en el lugar exacto, donde el maestro Leandro Díaz, comenzó a granjearse su fama a través de sus bellos cantos. Esos cantos de versos chiquiticos y bajiticos de melodía, esos cantos donde se pinta la belleza de una mujer que al caminar hacía sonreír la sabana y de la diosa coronada que cuando movía el caderaje el rey se ponía más engreído.
El pueblo escogido por el hombre que cantaba triste por la serranía, es San Diego, pueblo del Cesar, considerado hermoso y colmado de bendiciones.











