Aquella no fue una mañana cualquiera como se cuenta en una de sus canciones, sino la del nacimiento del maestro Leandro José Díaz Duarte, el hombre que visionó desde su memoria el entorno que le correspondió, sabiendo componer bellas canciones adornadas con licencias poéticas.
El silencio era su gran compañero. Para pensar no estaba ocupado teniendo la soledad como su fiel compañía, pudiendo sacar una real conclusión: “Vivo rodeado del silencio y eso me agrada porque puedo recorrer mi pensamiento con total calma”.
Su apertura al diálogo fue esencial para contar de todo un poco, desde la dimensión de su grandeza. Muy bien lo indicó: “Si Dios no me puso ojos en la cara, fue porque se demoró lo necesario para ponérmelos en el alma”.











