A través del ancho callejón, custodiado en sus orillas por un jardín de palmitas y sábila común, violetas y cortejos, se arriba a la legendaria estancia.
Es un antiguo salón bajo una techumbre sostenida por cuatro columnas de argamasa, de arquitectura simple y ordinario acabado, y cuyo mobiliario se reduce a unas cuantas mesas con coloridos manteles a cuadro, sus taburetes en adormecido éxtasis y los blancos ventiladores eléctricos colgados de la escueta muralla, como ávidas palomas en vuelo. A un extremo del recinto, un pendón colgante preside el entorno: ‘La Gran Petra Gámez, la reina de la sazón’.
Entonces, por un estrecho pasadizo, avanzó hasta el imponente promontorio doméstico del traspatio, donde un parco mozalbete y tres gentiles doncellas aderezan a fuego lento la más exquisita leyenda de la región. Contempló las parrillas con sus asados humeantes, el rancio cuartico con la pilastra de leña y carbón, y la nostálgica chimenea en desuso.











