Un repique de timbal salía de los montes. Luego fueron tambores que contestaban con brío aturdiendo la tarde. A la cumbre del Gorro del Obispo, desde la explanada, subieron las percusiones a los oídos de Henri Christophe I, el rey negro de Haití, que encerrado entre las murallas de su Fortaleza, supo lo que vendría cuando abriendo los ojos, expresó: ¡Están llamando a manducumán!.
Después oyó los gritos de sus sirvientes y de su guardia de corps abandonando las garitas y almenas, cuando huían bajando la rampa empedrada hacia el puente levadizo. Más allá se abrían los caminos de los montes.
Los tambores llamaban a la rebelión. Christophe I asimiló su desastre en esos instantes de desamparo. Sus generales, los ocho duques, los veintidós condes y sus cuarenta barones de pelucas blancas que se había inventado como una imitación de la corte de Versalles lo habían abandonado. Estaba a su suerte en la Ciudadela Ferriere, por otro nombre Sans Souci, que con sudores y golpizas de negros construía en la cumbre del Gorro del Obispo, la elevación de filosos declives desde la cual en los días soleados se adivinaba el contorno borroso de Cuba.











