El hábito de observar fenómenos sociales y reflexionar sobre ello me ha llevado a mirar a Valledupar bajo dos parámetros: el de pueblo y el de capital del departamento del Cesar. Y encuentro algunas cosas que no se sincronizan en esa dicotómica concepción de pueblo y capital, que es o debe ser Valledupar, lo que me lleva a creer que es más pueblo que capital.
Valle-pueblo cree a pie juntillas que es la capital mundial del vallenato y por supuesto que sí, lo es, ya que en él se realiza el Festival de la Leyenda vallenata y en ninguna otra parte lo realizan con este nombre; además el grado de apropiación de su gente con su folclor es único, todos saben de música de acordeón, la que llaman vallenato, englobando en su concepto la que hacen los sabaneros.
Pero aquí hay un pero, Valledupar, el pueblo, ha permitido la academización de su folclor, a tal punto que todos se remiten a esa historia oficial que a fuerza de ser repetida la convirtieron en dogma de fe, dejando sin validez la historia popular de su cultura, perdiendo con ello esa luz destellante de la leyenda, del relato que hace mágico el folclor de los pueblos y cohesiona a los habitantes con ese antiquísimo cordón umbilical llamado oralidad.











