El año 1980 estuvo lleno de muchas ilusiones para el maestro Leandro Díaz ya que durante el recibió un sinnúmero de ofrecimientos de muchos amigos parranderos que al calor de los tragos entusiasmados con sus canciones le prometían regalos, dinero, carros y hasta casas; pero que a la hora de la verdad todo quedó en ‘promesas de cumbiambera’ según reza el adagio popular.
Él llegó a pensar que todo aquello tendría un final feliz, pues eran las épocas de la bonanza marimbera y con frecuencia comentaba la gente: a ‘Poncho’ Zuleta el compadre “Luki” le regaló una ‘cuatro puertas’, o a Diomedes, Samuel le dio un Rolex con diamantes y a Oñate el “Chijo” López lo montó en un Toyota nuevecito.
Eran los regalos comunes para las estrellas de canto por parte de sus benefactores y amigos, pero para el maestro Leandro que sin haber pedido obsequios a sus amigos, estos se los ofrecían en las parrandas y así solo recibía promesas, solo promesas y decepciones que lo animaban a seguir cantando.











