Allí estaba el “conde Cagliostro” sepultado vivo en una sórdida mazmorra del ruinoso Mausoleo de Adriano, que ahora en Roma se llama el Castillo de Sant’Angelo porque en 1590 el papa Gregorio I tuvo la visión del arcángel San Miguel sobre su ápice envainando la espada, con lo cual el querube anunciaba el fin de la espantosa peste de esa época.
El prisionero estaba encadenado en un calabozo de los sótanos, “sin derecho a ver ni a ser visto por nadie”, como decía la sentencia de la Santa Inquisición Romana, por ser masón, delito de fe, por el cual había sido condenado al último suplicio, pero el papa Pío VI, en su misericordia, le había mutado la pena a presidio perpetuo.
¿Quién era este personaje de fábula? La historia se retrotrae a 1743, en Palermo, ciudad de Sicilia, isla italiana. Ese año nació en Albertgheria, antiguo barrio judío, Giuseppe Balsamo, de una familia con estrechura de bienes. Su padre se ocupaba como vigilante de tiendas y ventorros. El pizarrón con las primeras letras las vio en el seminario de San Roque, de donde se fugó.











