Sobre el nivel del mar, a una altura de 3.500 metros, haciendo parte de los municipios de Supatá, San Francisco y Subachoque, en Cundimamarca, se impone una majestuosa mole que lleva por nombre ‘El Tablazo’, por la altura de sus paredes y la verticalidad de sus imperturbables farallones. En la era prehispánica los indígenas muiscas lo conocían como Juniatamix, lugar sagrado donde concurrían en ocasiones especiales para adorar a la luna.
Próximo a su cima el cielo es blanco y nebuloso con un panorama libre e inmensurable que en días de sol compromete la imaginación que se apodera insaciable de aquel espectáculo llamado, con sobrada razón, ‘El balcon de la sabana’. En lo más recóndito de sus entrañas cordilleranas, allá en su fondo, dice la leyenda a la llegada de los conquistadores españoles, los muiscas enterraron parte de sus tesoros por mandato del cacique Chía.
Con el advenimiento de la aviación comercial al país, segunda en las Américas, el páramo se convirtió, por el trajinar de los vuelos, en un cementerio de aviones al no superar la potencia de las maquinas la cima de la montaña donde desaparecían sin dejar señal alguna. En aquel perímetro todos los caminos conducen al cielo y ninguno tiene retorno, y la tierra -según llegó a decirse- gravitaba más que en cualquier otra topografía.











