Primero fueron varios meses hablando de política durante la campaña para elegir congresistas. Luego vino una virulenta y odiosa campaña presidencial, primero para la primera vuelta y después para la segunda. Más de medio año abriendo heridas entre familiares, amigos y compañeros de trabajo.
Pero, afortunadamente, llegó el Mundial de Fútbol como un bálsamo que, ojalá, no solo alivie esas heridas, sino que también contribuya a sanarlas.
Unos familiares me invitaron a su casa para ver el segundo partido de nuestra amada Selección Colombia y, al fin, pude ponerme la camiseta amarilla sin que me tildaran de abelardista. Hice todo lo posible por no hablar de política, pero uno de los invitados, que no conocía mi tusa electoral, no respetó mi silencio. Durante todo el primer tiempo no hizo otra cosa que hablar mal de quienes no votaron por “El Tigre”.






