Resumo el objeto de este escrito, pues temo que podría ser interpretado equívocamente. Abelardo de La Espriella ganó legítimamente, como lo hubiera podido haber hecho Iván Cepeda, y a estas alturas lo que habría variado es el nombre. Fueron normas iguales y ya sabemos que eso elimina las ventajas. Son las señaladas como las reglas del juego y, dichas así las cosas, pues el que ganó… ganó, y ya Abelardo de La Espriella fue reconocido por el Consejo Nacional Electoral como presidente de la República.
Y, entrando en materia, expreso que mis apreciaciones y conclusiones no están motivadas exclusivamente, aunque hagan parte del contexto, en el reciente evento electoral, sino en la observación de una historia llena de polarización y profundas divisiones que encuentran su origen en una regla vigente y respetable, pero no invariable, que establece la mitad más uno de los votos para validar una decisión popular y, específicamente, la de la elección del presidente de la República, dignatario del cual se predica que representa la “unidad nacional” y es “el presidente de todos los colombianos”.
Expresé por este mismo medio, el 22 de mayo de este año, lo siguiente: “El panorama me crea inquietantes dudas sobre la solidez de nuestra ‘unidad nacional’, pues el concepto de nación supone un significativo número de personas que comparten elementos como lo son el idioma, la historia y, sobre todo, los valores. Esto último es fundamental”.






