Hace algunos días culminé la lectura del libro «La estrategia de la ilusión», del escritor Umberto Eco. Cerré el libro y tuve una sensación extraña. No era como si acabara de terminar de leer, sino más bien como si hubiera abandonado un lugar. O quizás, entrado en otro. Desde entonces he querido escribir, no para reseñar un texto, sino para acompañar una inquietud tan remota como el pensamiento mismo: ¿cómo sabemos que aquello que vemos es realmente lo que es?
La pregunta no es nueva. Antes del marketing, las pantallas, las redes sociales o los sofisticados mecanismos de comunicación de nuestro tiempo, ya habitaba en filosofía este tipo de cuestionamientos. En su famosa alegoría, Platón concibió a unos hombres en una caverna cautivos desde su nacimiento, condenados a observar sombras proyectadas sobre una pared. Para ellos aquellas siluetas formaban la realidad. No conocían el fuego que las originaba ni el mundo exterior que las hacía posibles. Vivían entre apariencias sin sospechar siquiera la existencia de algo más.
Han transcurrido más de dos mil años y, sin embargo, esta alegoría conserva una vigencia inquietante. Se reemplazaron las paredes de piedra por pantallas; las sombras por imágenes celosamente diseñadas y los grilletes por algoritmos capaces de anticipar nuestros deseos. Pero la pregunta permanece intacta: ¿lo que vemos es la realidad o son solo sus representaciones?






