Él aprendió a escribir en la tierra. No era un niño sino un floreciente volcán, cuando su mamá convirtió una rama en una tiza y el suelo en un tablero perpetuo, para enseñarle el oficio de bosquejar y armonizar las vocales. Unos años después, su papá, como vislumbrando que un cáncer de garganta pronto se lo llevaría, llegó a la casa con una caja de libros y le expresó con la lengua trastabillando por culpa del whisky: “Esta es la única herencia que te voy a dejar”.
Al superar los quince años de edad, él dilapidó el legado de su papá: vendió la mayoría de los libros sin leerlos y usó el dinero para invitar a sus novias a comer helado en el Rancho Klaren´s. Rápidamente, se arrepintió del despilfarro y, quizás como un acto de autoflagelación, se tiró al precipicio infinito de la poesía y entró a estudiar Licenciatura en Lengua Castellana e Inglés en la UPC. Allí descubrió que era más fructífero asistir al taller literario del poeta Luis Alberto Murgas o quedarse leyendo en la biblioteca Rafael Carrillo Lúquez que entrar a clases.
Luego hizo parte de Yuluka, un grupo de amigos que se reunía alrededor de una botella de vino a debatir sobre Rimbaud, Char, Baudelaire… pero que siempre terminaba discutiendo con más pasión sobre el canto de Oñate y Poncho (al de La Junta lo declararon por fuera de concurso). Con Yuluka no únicamente ahondó su formación poética, sino que también consiguió un discurso filosófico y político. De manera que llegó a una conclusión: para alcanzar a ser un poeta necesitaba vivir, leer con hambre, escribir en la tierra y tertuliar en cofradía, pero no seguir yendo a la UPC, ese claustro de la dejadez solo le causaba aburrimiento y desencanto, así que resolvió dejar la carrera en el sexto semestre.





