Quedó mirando a su alrededor y aspiró el olor a especias y ajo que se desprendía desde algún rincón de la casa, presagiando la preparación del bufet árabe que se ofrecería en honor a algunos ilustres visitantes con ocasión de la carrera automovilística. En la Arenosa era el rey y los demás debían ir donde él.
La carrera avanzaba en la misma medida que avanzaba la jauría sofocada con las lenguas afuera, persiguiendo a la fémina en celo. Los pinchos y chorizos se habían acabado y Genoveva no vaciló en empezar a recoger los corotos y le dijo a Grenelia que llamara al del motocarro para que fuera a recogerlas; empezó a llamar a gritos a Firulais, pero este desde hace rato había preferido el olor animal del amor al de la grasa natural de los chorizos.
La jauría avanzaba sin que los cordones de seguridad de la pista del autódromo se percataran de su presencia; parecía pasar inadvertida; quizás no pensaban en las consecuencias de dicha permisividad en ese momento.





