COLUMNA

Gratitud sempiterna

Hay amistades cuyas solidaridades generan gratitud sempiterna

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Hay amistades cuyas solidaridades generan gratitud sempiterna. Por ejemplo, mis amigos Simón Guerrero y su esposa María Esther Ramírez, cuando yo fui víctima del atentado terrorista, perpetrado el 25 de septiembre de 1989 contra el Hotel Hilton de la ciudad de Cartagena de Indias, dispusieron su carro y chofer para que Marta Orozco, mi esposa, se trasladara lo más pronto posible a dicha ciudad; además, se apropiaron de nuestros tres pequeños hijos, el mayor tenía 9 años y uno la menor; por más de tres meses −tiempo que permanecí hospitalizado recuperándome de las lesiones ocasionadas por el atentado− los cuidaron con gran esmero, como criaron a sus hijos, y en vista de que yo todavía estaba convaleciente, todos los días, a nuestra casa, nos enviaban alimentos recién preparados. A finales de diciembre del mismo año del atentado los convertimos en nuestros compadres con el bautizo de Marta Teresa, la menor de nuestros hijos.

El colega Jaime Barros Pimienta acompañó a mi esposa, dándole ánimo durante el trayecto hacia Cartagena, dejándola instalada en la Unidad de Cuidado Intensivo (UCI) de la clínica donde yo estaba hospitalizado, y Marta Orozco salió de la UCI el día que me trasladaron a una habitación normal. Considero que, por solidaridad, permitieron que mi esposa se hospedara en la UCI, pues el pronóstico de mi sobrevivencia era mínimo, habida cuenta de que durante un procedimiento quirúrgico altamente complejo, en el cual presenté dos paros cardiorrespiratorios prolongados y me recambiaron el volumen sanguíneo con la transfusión de 19 unidades de sangre completa, luego de ser extraídas de marineros rasos de la Base Naval, y que alguno de los donantes estaba contagiado de lúes, ya que varios meses después, en Bogotá, me hicieron prueba de VDRL que resultó reactiva, verificada en un laboratorio especial de Atlanta, Estados Unidos, confirmando que solo tengo los anticuerpos contra la bacteria Treponema pallidum, que fue eliminada por los antibióticos que recibí en el tratamiento de mi complicado postoperatorio.

La otra gran mecenas que nos auxilió prolijamente fue Amparo Parodi Toncel, nuestra amiga, madrina de bautismo de José Manuel, nuestro primer hijo, y gerente propietaria del Colegio Santa Fe, donde mi esposa laboraba como profesora, y para su estancia en Cartagena le obsequió una cantidad considerable de dinero, y le siguió pagando su salario mensual mientras yo estuve hospitalizado y convaleciente; además, no desperdiciaba oportunidades para remediarnos cualquier necesidad, a sabiendas de que a mí en el Hospital Rosario Pumarejo de López (HRPL) me pagaban los sueldos completos y el Seguro Social (SS) me cobijó el atentado como accidente de trabajo.

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