Amada ciudad, Valledupar de mis desvelos y mis certezas, hoy te escribo con la voz quebrada y el corazón en la tinta. No como un lamento, sino como un llamado. Porque hay instantes en los que una ciudad entera necesita mirarse al espejo de su historia y preguntarse, sin adornos, si aún recuerda quién es. Si aún sabe de dónde viene, si aún conserva en sus venas ese río de memoria que un día la hizo fértil de sueños y de cantos.
Hoy te contemplo, Valledupar, y siento que caminamos bajo la sombra de una ciudad que ya no se reconoce. Las esquinas donde antes brotaban tertulias familiares son hoy rincones del silencio. Las mecedoras que tejían conversaciones de vecinos ahora crujen solas, ajadas por la ausencia. Las calles, donde los niños solían correr tras un balón o soplar burbujas que ascendían al cielo como incienso de inocencia, hoy se muestran vacías, como si el tiempo hubiese exiliado la alegría.
¿Dónde se nos extravió el sentido de pertenencia? ¿En qué momento cambiamos el bullicio de la esperanza por el conticinio del miedo? El mismo silencio que antes cobijaba el descanso ahora se ha vuelto cómplice, indulgente con los poderosos, tolerante con el olvido. Nos acostumbramos a callar, a resignarnos, a mirar hacia otro lado mientras nos venden la memoria como si fuera mercancía barata. ¿Desde cuándo palabras como conformismo y mediocridad son parte del diccionario Vallenato? ¿Desde cuándo dejamos de soñar con grandeza y comenzamos a sobrevivir entre excusas?











