La leyenda cuenta que, en una remota aldea de pescadores, un turco codicioso dedicado al negocio de los burdeles, se propuso acrecentar su fortuna saltando al rentable negociado de lo público, mediante un modelo en el que su empresa con experticia en burdeles recibiría en concesión a 20 años, la administración de empresas públicas en diversos municipios del Caribe.
Fue así como en el Caribe se propagó la moda de concesionar empresas públicas, mediante una exitosa estrategia de persuadir alcaldes por medio de “argumentos técnicos y financieros” empacados en cajas de cartón, contando desde luego también con el beneplácito de los concejos municipales a los cuales citaban en lugares privados para hacerles entrega de los “argumentos técnicos y financieros” empacados en sobres de manila.
De allí se desprende una simpática historia de ficción en una aldea musical en donde, para la entrega de los sobres de manila, los concejales fueron citados a una casa de campo, de donde saldrían convencidos de la necesidad de concesionar su municipio al turco; hasta allí todo sería normal en una región que normalizó “la ley de Herodes”, si no fuera porque uno de los concejales de esta hilarante historia no logró acudir puntualmente a la cita. Situación que fue aprovechada por uno de sus aventajados compañeros, quien reclamó el sobre del concejal ausente, aludiendo que él exigía el doble de argumentos para lograr comprender mejor el proyecto de concesión.











