Hay una costumbre que las redes sociales han convertido en rutina: reaccionamos primero y verificamos después. Un video de pocos segundos, una frase sacada de contexto o una publicación compartida miles de veces bastan para instalar una conversación nacional. El problema es que, mientras todos discutimos la polémica del día, los asuntos realmente importantes pasan a un segundo plano.
Las últimas semanas dejaron cuatro ejemplos claros. El primero fue la controversia alrededor de Juliana Guerrero. Durante varios días las redes estuvieron dominadas por acusaciones, interpretaciones y opiniones. El análisis de conversación digital mostró que el 72 % de las publicaciones tuvieron un sentimiento negativo, impulsadas principalmente por narrativas relacionadas con presunta corrupción y tráfico de influencias. Más que un debate sobre los hechos, fue una competencia por ver quién reaccionaba primero.
En Valledupar ocurrió algo parecido con el comentario del concejal sobre los llamados “chirretes” en el río Guatapurí. La palabra terminó siendo más importante que el problema. Mientras la discusión giraba alrededor de quién tenía razón y quién debía ofrecer disculpas, la recuperación ambiental del río, la seguridad y el uso del espacio público quedaron relegados. El 58 % de la conversación tuvo un tono negativo. El algoritmo encontró una polémica; la ciudad perdió una oportunidad para debatir soluciones.










