En el Cesar hay conversaciones que cambian cuando aparece un micrófono. En una tienda, en una terraza, en una finca, en un taxi o en cualquier esquina, la gente habla de política con una franqueza que pocas veces se escucha en público. Se habla de promesas incumplidas, de obras que no llegan, de decisiones que generan dudas y de dirigentes que prometen mucho y explican poco.
Pero basta con encender una cámara para que muchas voces bajen el tono. Yo nunca aprendí a hacer política de esa manera. Durante años he hecho preguntas, he señalado decisiones y he ejercido control sobre el poder departamental. Lo he hecho durante cuatro administraciones consecutivas, no porque crea que todo lo que hacen los gobiernos está mal, sino porque entendí que el control político no puede depender de quién ocupa el despacho de turno. Si la crítica sirve únicamente cuando conviene, deja de ser crítica y se convierte en estrategia.
Decir lo que uno piensa tiene costos. Hay puertas que dejan de abrirse, llamadas que dejan de llegar y amistades que comienzan a tomar distancia. Eso también hace parte de la política, aunque pocas veces se diga. Lo más preocupante es que ese temor parece haber llegado incluso a las redes sociales.










