Hace algunos días leía una discusión en redes sociales sobre un político al que, con seguridad, ninguno de los participantes había visto de cerca ni escuchado hablar más de un par de minutos. Sin embargo, ahí estaban: unos defendiéndolo con vehemencia, otros atacándolo con la misma frase que circulaba esa semana en TikTok. Nadie argumentaba. Todos peleaban. Esa escena, que se repite a diario en cualquier publicación con tinte político, dice mucho de nuestra época.
Vivimos bajo la lógica de un algoritmo que no fue diseñado para hacernos pensar, sino para mantenernos mirando la pantalla el mayor tiempo posible. A ese algoritmo no le conviene la gente crítica; le conviene la gente reaccionando. Una opinión matizada casi siempre genera silencio; una opinión extrema, en cambio, genera clics y capturas que circulan durante días. El sistema aprendió cuál de las dos alimenta más el desplazamiento infinito, y nos ha entrenado a premiar el grito por encima del argumento.
El resultado es una política convertida en un deporte de barras bravas. No importa tanto qué propone un candidato o qué hizo en su cargo; importa de qué lado de la cancha está uno parado. Quien se para en una cancha deja de evaluar jugadas: empieza a defender camiseta, repitiendo consignas que no nacieron de un análisis propio sino de un video que alguien más ya validó por nosotros.











