OPINIÓN

In memoriam

El periodista Jorge Eduardo Ávila rinde un emotivo homenaje a su tía “None”, recordando las enseñanzas, el amor y los momentos compartidos que marcaron su vida familiar. En la parte final de su columna también reflexiona sobre el resultado de las recientes elecciones presidenciales en Colombia desde su perspectiva personal

Jorge Eduardo Ávila - Columnista de EL PILÓN

Jorge Eduardo Ávila - Columnista de EL PILÓN

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Familia es familia. Cuando un miembro se va, el dolor es inmenso. Eso lo acabamos de padecer en la mía. Mi tía “None” nos dejó el corazón roto. Era la mayor de cinco hijos, los Ávila Pardo. Estaba grande, sí, vivió una buena vida, también. Nos dejó lo mejor de ella, su esencia: bondad, piedad, empatía, amor por el otro. La vida que tuvimos no nos permitió compartir mucho, hasta que hace unos años, por esas “Diosidencias” que se dan repentinamente, mi mamá terminó siendo vecina suya en La Mesa, Cundinamarca. Fuera de tenerlas a ambas -mi mamá y mi tía-, viviendo en un lindo condominio, una en la casa 16 y la otra en la 34, nunca pensamos que la mejor época de nuestra relación estaba por venir. Tener a mi tía cerca, tan cerca, nos permitió compartir momentos maravillosos, imborrables, vivencias que nos hicieron mejores seres humanos, mejores personas.

De mi tía nos quedan enseñanzas profundas: Dios siempre nos acompaña, la preocupación permanente por el otro debe ser nuestra razón de ser, la enfermedad es una realidad humana que debe afrontarse con entereza, consentir a los que amamos -de diferentes maneras-, nutre el alma. Cada vez que me acercaba a saludarla a su casa, tomaba la cuerda de su campana -que hacía de timbre-, y la movía con fuerza como muestra de mi alegría por volver a verla.

Abría la puerta, entraba por la sala y, desde el fondo, la veía venir, sonriente, feliz, a saludarme; un abrazo era nuestra forma de empezar esa “visita”, ese ratico de carcajadas, de alegría pura. Un vasito de agua con limón, un aguardiente, un tintico, eran siempre lo primero que nos ofrecía. Algo para picar, un banano que le “robaba” de la alacena, un dulcecito, un arroz con leche, todo se disfrutaba con ella. La comida era importante para atender a sus visitas; hace unas semanas nos invitó a mi esposa y a mí a disfrutar de su famoso goulash. Nos chupamos los dedos, me di cuenta de que nos sirvió, pero no puso un plato para ella; le pregunté qué pasaba, me dijo que estaba algo indispuesta. Alerta, alerta roja, algo no andaba bien, le encantaba comer.

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