En mi ejercicio profesional ligado al sector público he tenido la oportunidad de participar en tres empalmes de gobierno y debo decirlo sin rodeos: la experiencia ha sido siempre la misma. Lejos de constituir ejercicios serios de transparencia, los empalmes suelen convertirse en un ritual predecible donde la realidad se maquilla con cifras y narrativas convenientes. El gobierno saliente entrega informes con indicadores aparentemente exitosos y cuentas ordenadas. Todo luce perfecto… en el papel.
Pero basta con que el gobierno entrante rasque la superficie para que aparezca la verdad: metas incumplidas, ejecución inflada, proyectos estancados y una larga lista de problemas cuidadosamente escondidos bajo la alfombra. Más que procesos de rendición de cuentas, muchos empalmes son operaciones de maquillaje estadístico diseñadas para preservar reputaciones y diluir responsabilidades.
Esta vez me correspondió el honor de acompañar el empalme del sector agropecuario del gobierno entrante del presidente Abelardo de la Espriella. Y lo que hemos encontrado, tras un primer análisis de los temas misionales y de la ejecución presupuestal del gobierno saliente de Gustavo Petro, es profundamente preocupante: el agro colombiano está en sala de urgencias.






