Luego de salir del punto de votación en las recientes elecciones presidenciales, me dirigí a una Supertienda Olímpica para hacer compras. El cajero, joven afro, le enfatizaba a una cliente que atendía que nunca votaría por Iván Cepeda sino por Abelardo de la Espriella, porque quería convertirse pronto en “empresario”. Fui uno de los compradores que le preguntó si, según sus expectativas, el hecho de que “El Tigre” asumiera la presidencia automáticamente lo elevaría a la tan anhelada élite empresarial del país. El chico tiene ese sueño, que no es malo, pero quizás tiene las expectativas infladas y un arribismo exacerbado.
Es que, ya sobre las pavesas de un radicalizado debate electoral, surge la reflexión sociológica sobre un fenómeno que suele emerger en estas coyunturas electorales: un elector de clase popular, que trabaja en una tienda por quedarse sin empleo, puede terminar votando por un millonario que quiere reducir las pensiones, los salarios, los días remunerados y las horas extras. En Colombia, y en elecciones recientes de todo el mundo, se repite este patrón: muchos votantes adoptan una postura arribista y apoyan a candidatos que, social y económicamente, representan lo contrario de su clase.
El caso de Colombia
Lo que sorprende no es solo el triunfo de un candidato con tan cuestionable perfil y tan precario conocimiento como estadista, como Abelardo de la Espriella, sino también el perfil de gran parte de su electorado. Según el análisis de su victoria, De la Espriella conquistó la clase media. Otro análisis señala que el nicho electoral que lo llevó a la cima estuvo compuesto mayoritariamente por “ricos, emprendedores, empresarios y las clases medias y altas urbanas”, pero también logró penetrar en sectores populares que le creyeron sus apostasías, su promesa de recuperar la seguridad y el sistema de salud en solo 90 días: la patria milagro.






