A propósito de la Semana Santa, un pequeño grupo de personas con apariencia extranjera deambulaba en la Plaza Alfonso López, de Valledupar, y le preguntaron a una pareja, con rostros muy vallenatos, que si ellos sabían dónde conseguir información completa sobre todos los atractivos de turismo religioso que tiene la región. Tanto interrogadores como interrogados quedaron en las mismas. Nadie sabía nada.
A raíz de eso, revisamos un tanto el tema sobre el flujo de información local. Lo que encontramos es que, en otras regiones, los distintos medios de comunicación hablan de diversas estrategias que utilizan alcaldías, gobernaciones y algunas empresas u organizaciones privadas para canalizar las necesidades de turismo religioso que se deriva de la presente temporada. Pero de aquí muy poco.
Es una realidad que, en los últimos años, el turismo religioso ha dejado de ser una actividad desarrollada por unos cuantos, para convertirse en una herramienta de desarrollo cultural, social y económico en diferentes regiones del país, ya es algo generalizado y muy tenida en cuenta para dinamizar procesos.
Lo que nos llama la atención es que mientras algunos territorios avanzan con dinámicas bien articuladas, el departamento del Cesar y su capital, Valledupar, aún siguen sin aprovechar en un ciento por ciento ese potencial que está ahí a la espera de buenas estrategias.
Todos sabemos que Valledupar y sus corregimientos cuentan con una riqueza espiritual, histórica y natural. Lugares como Valencia de Jesús, Los Venados, Atánquez, Chemesquemena, La Mina, La Vega y Badillo, entre otros, concentran tradiciones religiosas, además de ofrecer llamativos paisajes naturales, son poseedores de herencias que se han mantenido con el paso del tiempo y una identidad que merece ser proyectada ante toda clase de público. A esto se suman muchos municipios del Cesar, entre ellos San Diego, Río de Oro, Curumaní y Chiriguaná, que igualmente cuentan con escenarios propicios para consolidar una oferta turística más completa y que de verdad enganche a mucha gente.
No se puede negar que acá ha habido algunos avances en ese sentido, pero lo que hoy se observa son esfuerzos aislados, algunas iniciativas puntuales y de gran mérito, pero no responden a una ruta integral.
Sería bueno enfrentar el tema con una visión más amplia y articuladora, es decir, trazar una “línea gruesa” que conecte los territorios, organice la oferta y permita al visitante vivir una experiencia completa y bien planificada, donde no falte ninguno de los componentes.
Se deben dejar a un lado las acciones individuales y pasar a una estrategia regional más estructurada y pensando en el todo por el todo. Según los expertos, un plan de turismo religioso integral debe contemplar rutas definidas, calendarios coordinados y un mensaje común que integre lo espiritual con lo cultural, lo gastronómico y lo natural que invite a la contemplación, pero también a ofrecer y vivir experiencias diferentes durante la Semana Santa.
Tenemos ejemplos recientes de otras regiones del país que han demostrado que eso sí es posible. Iniciativas que combinan promoción, pedagogía y organización territorial han logrado posicionar destinos, atraer visitantes y dinamizar economías locales. Es el caso que en esta temporada se lleva a cabo en Barranquilla y que incluye a varios municipios del departamento del Atlántico, ellos organizaron una estrategia denominada “Vamos” con gran difusión por los medios de comunicación, la cual ha abanderado el diario El Heraldo, en la que destacan todos y cada de los valores con que cuentan para Semana Santa, desde el rincón más escondido hasta el más conocido.
¿Por qué acá no hacemos algo parecido? El Cesar tiene todas las condiciones para replicar y adaptar estos modelos, respetando su identidad y potenciando sus particularidades que son muchas.
