A un año de las elecciones para elegir al nuevo alcalde y con el sol más caliente de estos tiempos a sus espaldas, se proyectan las postrimerías del mandato de Ernesto Orozco en la Alcaldía de Valledupar. Entra en un terreno cenagoso, de salpicaduras e insectos infernales que medran en la Administración, pareciendo carcomer los cimientos del edificio público que, en esta época de terremotos, alberga la desconfianza de que no se pueda mantener en pie.
Sin embargo, se ha afirmado que Valledupar está localizada en una zona de bajo riesgo telúrico. De ello se agarran el alcalde y sus aliados políticos, que dominan el departamento y casi todos los municipios, pero que, en el caso vallenato, tienen en la vertiente del Partido Conservador su principal columna. Debe terminar de hacer un buen gobierno y hacer una buena elección. No nos referimos a que dé garantías a todos, que, en general, es un predicamento más nacional, sino a que la Alcaldía la gane un sucesor propio y afín a su alianza política esencial.
A Orozco le han coincidido los más sensibles nubarrones para el bolsillo de la gente, en materias que no están bajo su control directo, como las tarifas y los cortes de energía eléctrica, y los servicios precarios de Emdupar, con problemas estructurales bajo el resorte temporal del nivel nacional. Ha estado de malas, pues eso lo heredó. Los asuntos que controla, como el aseo, la seguridad, la movilidad, el espacio público y el río Guatapurí, tienen resultados agridulces. Después ahondaremos en lo bueno y lo malo.





