EDITORIAL

Bueno es escuchar la voz del pueblo

La develación de esas esculturas sobre las figuras de Rafael Orozco e Israel Romero durante el reciente Festival de la Leyenda Vallenata generó desconcierto en la comunidad por el poco parecido físico.

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Siempre se ha dicho que de las circunstancias adversas suelen resultar cosas positivas. La polémica desatada por las esculturas del Binomio de Oro en Valledupar demuestra que en nuestra ciudad todavía existe una ciudadanía crítica y con gran sentido de pertenencia por su capital y por la defensa del folclor vallenato.

La develación de esas esculturas sobre las figuras de Rafael Orozco e Israel Romero durante el reciente Festival de la Leyenda Vallenata generó desconcierto en la comunidad por el poco parecido físico y provocó debates en algunos líderes de opinión.

Compartimos las críticas porque consideramos que no son caprichosas y que responden al deseo de una ciudadanía que solo espera que una obra de arte destinada al espacio público, dedicada a figuras artísticas tan queridas y elogiadas como Rafael Orozco e Israel Romero, tengan una digna representación visual.

Es cierto que las imágenes de esas esculturas no guardan ningún parecido con los rostros originales de los artistas homenajeados, eso no admite discusión, la conclusión es que esa obra de arte no gustó. Y aunque entre gustos no hay disgustos y el arte puede generar tensiones de perspectivas, no hay duda de que hubo coincidencia en lo feo; agregamos que el lugar de instalación específico podría no ser el adecuado.

Lo bueno de toda esa polémica es que el pueblo se manifestó por todas las redes sociales, protestó y por fortuna fue escuchado por el alcalde Ernesto Orozco, quien de inmediato aceptó las críticas y tomó la decisión de retirar las esculturas para que sean corregidas.

Según expertos, en cuestiones de esculturas en bronce, como es el caso en comento, no se puede exigir perfección, pero sí un mínimo de fidelidad y respeto por la imagen original; o una recreación artística que lo vuelva superior en cuanto a su mensaje y carácter. Lo que acaba de ocurrir obliga a pensar que hubo improvisación, prisa y ausencia de rigor, esa es la percepción general.

En medio de todo eso está el escultor Jhon Peñaloza, quien fue defendido por el secretario de Gobierno municipal, Félix José Valera Ibáñez, bajo el argumento de que “los artistas aciertan y fallan”. Bastante discutible. ¿Se pidió y contrató —sin entrar en el costo, que es otro tema para discusión— una copia fiel del rostro de los protagonistas o un homenaje que los interpretara?

Es de recordar monumentos sublimes como Mi Pedazo de Acordeón; ¿es una copia fiel de un acordeón? (no lo es) ¿o una representación artística del mismo y su significado, historia e identidad regional? ¿Habla la obra con el lugar de instalación o no?

Por el momento, lo importante es que se busque una solución a ese problema en el que algo de responsabilidad ha de tener la institucionalidad que aprobó, celebró y luego retiró la obra ante la presión pública. No es bueno aplaudir primero y corregir después, porque eso revela la falta de filtros y de ‘curaduría’.

El alcalde hizo lo correcto al ordenar el retiro para su intervención, pero no se puede desconocer que sus asesores fallaron al permitirle que inaugurara esa obra sin que previamente se haya garantizado su calidad.

Ha dicho Peñaloza que ya la obra fue retirada y está en sus talleres para ser intervenida nuevamente y que en un plazo de unos tres meses se estaría entregando con sus respectivas correcciones.

Y todo ello, gracias a la existencia de una ciudadanía más crítica y consciente de su patrimonio cultural y de la importancia de la imagen de Valledupar. Esa misma actitud es la que se requiere para los demás temas de ciudad. Una comunidad activa siempre será necesaria para avanzar en la solución de los problemas de nuestro municipio.

El mal gusto

Desde que se erigió una obra como la de Las Piloneras, que lamentablemente no colocó en su dimensión y estética a ‘la Pilonera Mayor’, la Cacica Consuelo, hace tiempo se viene apoderando de Valledupar —la Gobernación lo ha hecho mejor en el Parque de la Vida y alrededor del Centro Cultural de la Música Vallenata— una repetitiva contratación con uno o dos artistas de obras para los espacios públicos, con alguna excepción, sin curaduría y valoración artística. La ética y la estética son entrañables hermanas.

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