Todas las bondades que describimos en la primera parte de esta nota ‘Viejo Valledupar… si te volviera a ver’, es algo que añoramos quienes vivimos esa nostalgia; épocas en las que cada década de los años 50, 60 —más adelante en las décadas de los 70 y 80— pudimos disfrutar de un Valledupar atesorado de amor por lo que teníamos.
Éramos un villorrio, atractivo de campesinos que encontraban trabajos manuales, recolección de café, algodón, labranza en hatos de pujanza notoria, campesinos de cortijos agrícolas y ganaderas; sobre ese escenario económico se fundamentaba un pueblo que era circundado por el río Guatapurí y el río Cesar, afluentes que nos regalaban agua y pesca. Pero que hoy mueren sin consideración.
Éramos felices y no lo sabíamos, desde esos escenarios quienes llegaban atraídos por la exuberancia del valle y por el querer de los nativos vallenatos, eran productivos, traían y aportaban.





