Al hablar sobre las estrellas que vemos a través de la ventana debemos referirnos a las criaturas que habitan en el firmamento, las que siempre han estado ahí, las que no viven ni han muerto para siempre, las que regresan a la Tierra en forma de versos y a las otras que solo se dejan ver entre los navegantes que surcan el mar y el espacio.
Conocí una vez a alguien que me habló en su aparente locura y me dijo que en una ocasión había navegado cerca de la llamada constelación de la Serpiente o el Dragón, la que nació cuando el dragón Ladón, el mismo que venció Hércules, el monstruo de cien cabezas, que lanzaba al mismo tiempo otras tantas especies de silbidos, cuyos ojos nunca se cerraban y defendía la puerta del jardín del ensueño, en donde sus árboles producían manzanas de oro, las mismas que Gea dio a Hera cuando esta contrajo matrimonio con Zeus. Y que ahí, cerca de la constelación, pudo observar tres brillantes árboles en un montículo en el cielo: un olmo, un álamo y un sauce; eran las Hespérides, las que fueron transformadas en árboles en castigo por haberse dejado robar las manzanas por Hércules. Me dijo que ahí todavía, muchas veces, continúan llegando a descansar los legendarios argonautas y alguno que otro viajero.
Sin duda, sabía mucho de estrellas y también de océanos y mares en la Tierra. Y, lo más importante, estaba enterado, mucho, diría yo, sobre lo que es el amor y la locura.
