La contemporaneidad nos arroja, con frecuencia, fenómenos que la mirada superficial cataloga como extravagancias lúdicas, pero que, bajo un examen riguroso, revelan fracturas ontológicas profundas. La reciente emergencia de los therians —aquella juventud que busca refugio identitario en la piel y el instinto de la bestia— constituye un síntoma de una búsqueda de alteridad. No obstante, en Valledupar, esta transmutación simbólica ha precedido por décadas a cualquier tendencia digital. Nuestra vida pública, observada desde la atalaya de la razón crítica, se manifiesta como un bestiario moral donde el ciudadano, despojado de su dignitas, se mimetiza con la fauna para sobrevivir a la intemperie institucional.
Esta urbe, que despierta entre el eco de los fuelles y el polvo suspendido que desciende de la Sierra como un velo melancólico, padece una mansedumbre que evoca el pastoreo proselitista. En las jornadas donde se decide el destino común, el electorado suele adoptar la conducta del rebaño. La voluntad individual, que debería ser el baluarte de la democracia, se diluye en una colectividad dócil que persigue el silbido del pastor circunstancial. La memoria política, lejos de actuar como brújula ética, se reduce a una cerca baja, fácilmente franqueable por la promesa inmediata o la dádiva que se ofrece en la palma de la mano, emulando la sal que aquieta al ganado.
Persiste, asimismo, una obstinación que recuerda la carga del asno. Cargamos con una resignación sísifica los agravios de administraciones pretéritas, insistiendo, con una terquedad casi épica, en transitar los mismos senderos que conducen al despeñadero del subdesarrollo. Resulta arduo el ejercicio de la autonomía cuando la costumbre ha impuesto la herradura de la complacencia. Delegamos el juicio propio con una comodidad alarmante, permitiendo que la inercia cívica sea la que marque el compás de nuestros días, confundiendo el estoicismo con la simple incapacidad de rebelarnos ante lo injusto.
