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Valledupar y los therians: bestiario único

La contemporaneidad nos arroja, con frecuencia, fenómenos que la mirada superficial cataloga como extravagancias lúdicas, pero que, bajo un examen riguroso, revelan fracturas ontológicas profundas.

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La contemporaneidad nos arroja, con frecuencia, fenómenos que la mirada superficial cataloga como extravagancias lúdicas, pero que, bajo un examen riguroso, revelan fracturas ontológicas profundas. La reciente emergencia de los therians —aquella juventud que busca refugio identitario en la piel y el instinto de la bestia— constituye un síntoma de una búsqueda de alteridad. No obstante, en Valledupar, esta transmutación simbólica ha precedido por décadas a cualquier tendencia digital. Nuestra vida pública, observada desde la atalaya de la razón crítica, se manifiesta como un bestiario moral donde el ciudadano, despojado de su dignitas, se mimetiza con la fauna para sobrevivir a la intemperie institucional.

Esta urbe, que despierta entre el eco de los fuelles y el polvo suspendido que desciende de la Sierra como un velo melancólico, padece una mansedumbre que evoca el pastoreo proselitista. En las jornadas donde se decide el destino común, el electorado suele adoptar la conducta del rebaño. La voluntad individual, que debería ser el baluarte de la democracia, se diluye en una colectividad dócil que persigue el silbido del pastor circunstancial. La memoria política, lejos de actuar como brújula ética, se reduce a una cerca baja, fácilmente franqueable por la promesa inmediata o la dádiva que se ofrece en la palma de la mano, emulando la sal que aquieta al ganado.

Persiste, asimismo, una obstinación que recuerda la carga del asno. Cargamos con una resignación sísifica los agravios de administraciones pretéritas, insistiendo, con una terquedad casi épica, en transitar los mismos senderos que conducen al despeñadero del subdesarrollo. Resulta arduo el ejercicio de la autonomía cuando la costumbre ha impuesto la herradura de la complacencia. Delegamos el juicio propio con una comodidad alarmante, permitiendo que la inercia cívica sea la que marque el compás de nuestros días, confundiendo el estoicismo con la simple incapacidad de rebelarnos ante lo injusto.

La desidia urbana, por su parte, encuentra su correlato en la figura del marrano. Existe una disonancia cognitiva entre la exigencia de servicios impecables y el desprecio sistemático por el espacio compartido. El residuo arrojado desde la ventana o el cauce del río convertido en vertedero son testimonios de una ética erosionada. La ciudad funciona como un espejo implacable: la suciedad que denunciamos en la periferia suele ser el reflejo de una desatención interna hacia lo que nos pertenece a todos.

En los corredores del poder, el mimetismo del camaleón garantiza la permanencia. La coherencia axiológica se percibe como una debilidad ante la flexibilidad del oportunista que ajusta su pigmentación discursiva al viento dominante. Esta mutación constante vacía de contenido la palabra pública, transformando la política en un ejercicio de supervivencia biológica antes que en una construcción de bien común. A ello se suma la astucia del zorro administrativo, cuya inteligencia se desvía hacia la detección de fisuras legales para el provecho particular, revistiendo la trampa con el ropaje de la gestión eficaz.

El debate público, finalmente, se reduce al ruedo del gallo de pelea. La dialéctica ha sido desplazada por el combate; la búsqueda de consenso, por la necesidad de humillar al adversario bajo el filo de espuelas verbales. En este escenario, la burocracia actúa con la parsimonia de la tortuga, postergando la urgencia social en el laberinto de la inacción administrativa.

Empero, el intríngulis y la causa de fondo no radica en determinar cuántos animales habitan nuestras costumbres, sería más bien en preguntarnos si estamos dispuestos a ejercer la única facultad que nos separa del instinto: la conciencia. El animal obra por impulso; el ser humano posee la gravosa y luminosa carga de elegir. Ahí descansa la diferencia esencial. Somos, en teoría, criaturas razonables —entre comillas, porque la historia cotidiana se empeña en relativizar esa virtud—, dotadas de juicio, memoria y responsabilidad moral. Si persistimos en la mansedumbre, en la terquedad o en la suciedad cívica, no será por naturaleza sino por renuncia. Y renunciar a la razón constituye una forma sutil de degradación voluntaria. La grandeza humana no consiste en proclamarse superior a la bestia, sino en demostrar, mediante actos conscientes, que la libertad interior no es un adorno retórico sino una práctica cotidiana.

Tal vez el verdadero dilema de Valledupar —y de cualquier ciudad— no consista en aceptar que llevamos un animal simbólico dentro, sino en decidir si permitiremos que ese animal gobierne nuestra conducta. Más que instinto, poseemos conciencia; más que reflejos, discernimiento; más que manada, comunidad. Y en esa muy basta diferencia, tenue pero decisiva, se juega nuestra dignidad.

Jesús Daza Castro

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