En el seno de los vetustos hornos de la China, el fuego consagró el milagro de la transformación. Pudo transmutar de la humilde arcilla en la más rutilante y pálida porcelana; objeto de una sublime estirpe que cautiva a cualquiera que la observe, pero signado también a una fragilidad que exige constante reserva. Ante semejante prodigio, la corte europea codició sus formas para el fasto de sus idílicos palacios; los señores de la aristocracia la han confinado en un sitio estéril y suntuoso de sus salones y los coleccionistas han enarmonado, en torno a ella, el fervor silencioso de un rito ancestral, con tal obsesión de poner la belleza a salvo del deterioro del tiempo y del brusco impacto del mundo real.
Traigo a colación este milenario adorno de lujo, pues, en el corazón de esta primorosa hechura, palpita un drama donde la política es proclive a exhibir en sus vitrinas un elegante catálogo de figuras decorativas, que simplemente son de pompa. Sí, hablo del Concejo de Valledupar, pues en este lugar existen figuras de refinado acabado, erguidas sobre sus escaños con el único empeño de evitar el menor roce con la realidad y conservar, intacta, y sin fisuras, la muy quimérica compostura de su propia imagen.
Algunas de estas “porcelanas”, han encontrado refugio en un cristal blindado; el debate no lo puede penetrar y la realidad, por más duro que dé el golpe, no alcanza a salpicar sus vitrinas. El control político, que debería ser el martillo tajante e indispensable para determinar la firmeza de la gestión pública, lo han utilizado como artilugio de orfebrería selectiva: se cincela solo lo que no pueda fracturar los acuerdos de trastienda; solo se examina lo que conviene, lo que está a la altura de la simetría del anaquel. Entretanto, la ciudadanía vallenata sigue esperando los debates que permitan esclarecer las circunstancias del presunto defraudamiento en el impuesto predial, las responsabilidades que puedan derivarse de los problemas de seguridad y convivencia que aquejan a Valledupar, y las explicaciones que rodean la venta de vehículos institucionales por parte de la Secretaría General, operación sobre la cual se han planteado cuestionamientos acerca de sus condiciones económicas y de la aprobación del Concejo. ¿Cuánto más tendrá que esperar Valledupar para que sus concejales se atrevan, de una vez, a examinar las grietas de la realidad?






