Asistir al rito republicano de la rendición de cuentas se debe considerar el inexorable ejercicio de un deber ciudadano imperativo, una responsabilidad nata que nos asiste a quienes, mediante el sufragio, depositamos la confianza en el destino colectivo de Valledupar. En días pasados, con el rigor que exige la condición de elector del actual mandatario Ernesto Orozco, escuché la exposición de los resultados de su gestión correspondientes al periodo del año 2025. Los anuncios, desplegados con una narrativa de indiscutible pulcritud técnica, describían una urbe en franca senda de superación.
Empero, al concluir el informe, me sobrevino una extrañeza con bastedad ontológica: los datos presentados con bombos y platillos dibujaban una geografía que no he logrado percibir en mi cotidianidad. No asumo aquí una postura de juez implacable ni pretendo descalificar el esfuerzo institucional; la administración pública tiene el deber de estructurar sus balances y responder ante la historia con base en sus métricas. El dilema aquí no podría basarse en animadversión personal, más bien en la fractura de la realidad. Al oír los excelentes indicadores, experimenté la sensación de asomarme a un plano existencial ajeno, a una dimensión paralela. ¿En qué coordenada precisa de nuestra topografía se encuentra esa ciudad de las maravillas que la palabra oficial describe y que la vivencia ciudadana insiste en perderse?
Ante este panorama, se hace indispensable apelar al método mayéutico para desentrañar la verdad que subyace en el tejido social. Corresponde indagar con serenidad si el pueblo vallenato realmente experimenta que la ciudad transita por la senda del progreso inequívoco. Nos encontramos frente a una aporía sociológica: la desconexión profunda entre el frío dato macroeconómico y la fenomenología de la calle, ese espacio vital que nos recuerda la advertencia de Friedrich Nietzsche en sus críticas a la modernidad hiperracionalizada, donde el mundo conceptual termina por suplantar al mundo de la vida. Tal vez las cifras existan, los indicadores gocen de validez formal y los informes técnicos sean correctos. Pero hay una pregunta profundamente filosófica que ninguna hermenéutica estadística puede esquivar: ¿por qué la frialdad del número no coincide con el logos del sentimiento colectivo? ¿Por qué una ciudad puede exhibir la apoteosis de sus resultados y, de manera concomitante, producir el desencanto de sus habitantes?





