COLUMNA

Ni bendito, ni menor

Bendito Menor no fue una leyenda. Fue la consecuencia visible de todo lo que, como sociedad, seguimos sin resolver

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Naín Andrés Pérez Toncel no era un personaje de leyenda. Era un extorsionista, un narcotraficante y un asesino. Como cabecilla del frente Javier Cáceres de las Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada, coordinaba rutas de narcotráfico y extorsión sobre la Troncal del Caribe, tenía responsabilidad señalada en la masacre de cinco personas en Maicao, y estaba vinculado al ataque de 2024 en Mingueo, Dibulla, donde murió un integrante del Gaula Militar. El Estado colombiano ofrecía hasta 1.000 millones de pesos por su cabeza. Murió el viernes 4 de septiembre en un operativo policial en Riohacha. Su muerte no merece ni un gramo de nostalgia.

Durante años, “Bendito Menor” tuvo una vitrina digital de motos, camionetas, lanchas, dinero y armas que circulaba abiertamente en redes sociales bajo el nombre “El bendito para bendecir”. Debemos realizarnos una pregunta inquietante, más inquietante que su biografía criminal: ¿cómo es posible que, con todo lo que sabíamos de él, siguiera teniendo seguidores, admiradores, gente dispuesta a defenderlo? ¿Qué tiene que faltarle a una sociedad para que un extorsionista y asesino termine siendo para algunos una figura aspiracional?

La respuesta no es nueva, aunque insista en repetirse. Hace cincuenta años, con la bonanza marimbera, La Guajira ya había vivido una versión de esto: campesinos sin nada pasaron a manejar fortunas traficando marihuana, y la región los recibió como héroes, financiando parrandas y patrocinando músicos vallenatos, hasta que el Estado empezó a perseguirlos.

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