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Valledupar: el desafío de ver con ‘los ojos del alma’

Leer el reciente análisis de Jaime Pumarejo sobre el rezago histórico de Valledupar y el departamento del Cesar (columna de Portafolio) produce una mezcla de validación y profunda frustración. El artículo expone verdades innegables: un potencial agrícola y cultural gigante frente a un estancamiento institucional alarmante. Sin embargo, para quienes intentamos impulsar el territorio hace […]

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Leer el reciente análisis de Jaime Pumarejo sobre el rezago histórico de Valledupar y el departamento del Cesar (columna de Portafolio) produce una mezcla de validación y profunda frustración. El artículo expone verdades innegables: un potencial agrícola y cultural gigante frente a un estancamiento institucional alarmante. Sin embargo, para quienes intentamos impulsar el territorio hace casi tres décadas, estas “revelaciones” son un eco tardío de lo que ya era evidente.

Hace 27 años, intentar ejecutar grandes proyectos en Valledupar era literalmente arar en el desierto. No por falta de recursos, sino por algo más difícil de transformar: una visión local corta que permitió la pérdida de nuestra perspectiva universal.

Nuestra cultura posee esa universalidad de forma natural. Compositores como Rafael Escalona, Emiliano Zuleta y el gran Leandro Díaz no solo hicieron canciones; proyectaron la esencia de nuestra tierra hacia el mundo. Es una ironía histórica que Leandro, a pesar de su ceguera física, tuviera una visión que trascendía fronteras. Él nos enseñó que para entender la verdadera grandeza de nuestra tierra, no basta con mirar: se necesita ver a Valledupar con los ojos del alma. Él y Escalona tenían esos “telescopios en los ojos” que les permitían mirar hacia atrás para entender la raíz y hacia adelante para proyectar nuestra cultura hacia la eternidad.

Lamentablemente, esa visión se detuvo. Valledupar no ha sabido consolidar ese legado como una industria global. La universalidad se asfixió con el atraso de un sistema político convertido en una “dirigencia de transacciones”. Mientras los maestros soñaban en grande, las mafias políticas empezaron a mirar solo su propio ombligo, priorizando el botín presupuestal y el clientelismo sobre el desarrollo real.

Esa miopía institucional fue la que bloqueó la industrialización de nuestra esencia. En 1999 fundé “Vallenatos S.A.”, buscando crear un clúster económico sólido, inspirado en el modelo del reggae en Jamaica. Propuse un Distrito Cultural y Turístico entre el norte del Cesar y el sur de La Guajira, con exenciones fiscales para atraer inversión masiva. Pero el sistema prefirió la fiesta efímera de cuatro días a la construcción de una economía creativa permanente.

La ceguera se extendió a la tierra y a la ciudad. Inspirados por la vocación agrícola de mi padre, impulsamos el proyecto del Valle de los Uparies y la represa del Cesar para irrigar 100.000 hectáreas. Hoy, la tierra fértil sigue seca. En lo urbano, proyectamos una zona universitaria de 100 hectáreas, Casa e’ Campo, el Macroproyecto Chiriquí y una planificación de largo plazo; la respuesta gremial fue tildarlo de “loco”. Era más cómodo para los clanes de turno defender el statu quo que atreverse a planificar el futuro.

Pumarejo acierta al decir que la región debe exigir lo que le corresponde. Pero la autocrítica es urgente: el mayor freno no ha estado en Bogotá, sino en casa. En la “cemento-manía” que facilita contratos pero mata el civismo, y en la incapacidad de apoyar a los visionarios que ven más allá de la próxima elección.

El tiempo nos ha dado la razón. Las ideas por las que hace casi 30 años me llamaron loco —la industria cultural, el distrito turístico, la gran irrigación y el desarrollo urbano planeado— hoy son los salvavidas que la región busca con desesperación. Queda la satisfacción de haber visto el panorama completo antes que los demás. Pero para que Valledupar despierte, su dirigencia debe dejar de mirar cifras y contratos fríos; necesitan recuperar la lucidez de los que supuestamente no veían y, finalmente, aprender a ver nuestra tierra con los ojos del alma.

Por Eduardo Quintero Molina

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