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Trumpismo y la ley de la selva

La “operación militar especial” de Estados Unidos en Venezuela hizo que en poco tiempo se pasara del augurio de los buenos deseos al inmarcesible estado de polarización.

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En 2005, un artículo de Harvard titulado ‘United States Interventions: ¿What For?’ resaltó lo siguiente: “En los poco menos de cien años transcurridos entre 1898 y 1994, el gobierno estadounidense ha intervenido con éxito para cambiar gobiernos en América Latina al menos 41 veces. Esto equivale a una vez cada 28 meses durante todo un siglo”. John Coatsworth terminó su artículo diciendo: “Es difícil obviar la conclusión de que las intervenciones estadounidenses no sirvieron bien a los intereses nacionales de Estados Unidos. Generaron un resentimiento innecesario en la región y pusieron en tela de juicio el compromiso de Estados Unidos con la democracia y el Estado de derecho en los asuntos internacionales”.

La “operación militar especial” de Estados Unidos en Venezuela hizo que en poco tiempo se pasara del augurio de los buenos deseos al inmarcesible estado de polarización. Ser tajante ante la invasión de un país a otro concibe una argumentación ambivalente a la que los antagonistas políticos etiquetan como “tibieza”. Hay quienes lamentan el debilitamiento del derecho internacional, pero también existe la justificación neoconservadora al viejo estilo para remover a un tirano del poder. 

El punto no es el cambio de régimen, siempre y cuando un régimen esté bien con la explotación trumpiana. Se palpa una tensión en el ambiente, que oscila entre el miedo y una cautelosa sensación de celebración, Donald Trump no genera confianza, sus intereses no coinciden con la democratización venezolana. Cualquiera que sea el aparente objetivo del ataque de Estados Unidos contra Venezuela (petróleo, drogas, comunismo), no se trata de la libertad del pueblo venezolano. Si a Trump le importara eso, no hubiera levantado el estatus de protección temporal. En entrevista con el New York Times, Trump dijo que la única restricción a su poder como presidente de Estados Unidos es “mi propia moralidad, mi propia mente”.

Quienes lamentan el debilitamiento del derecho internacional asumen una posición bisoña, porque esta discrecionalidad no se creó para que los países poderosos la respetaran ¿o acaso es oculto el derecho al veto en la ONU que tienen China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia? 

En su reemplazo surge un mundo de imperios rivales, cada uno imponiendo su propia esfera de influencia. Para Estados Unidos, esa esfera es el continente americano. En su proclama reafirma y aplica la Doctrina Monroe para restaurar su preeminencia en el hemisferio occidental. La doctrina Monroe, formulada a principios del siglo XIX, pretendía bloquear el colonialismo europeo; en la práctica, sentó las bases para la dominación estadounidense sobre su territorio latinoamericano.

Cuando Groenlandia sea absorbida por el imperio Trumpiano, ¿qué ocurrirá entonces? Una confiscación estadounidense de territorio soberano danés precipitaría el fin de la OTAN, fundada en el principio de defensa colectiva. Está naciendo un nuevo orden mundial. Uno en el que potencias cada vez más autoritarias utilizan la fuerza para subyugar a sus vecinos y robarles sus recursos. El orden internacional basado en reglas ahora es más como la ley de la selva. Pueden estar seguros de que los rusos están llegando a conclusiones similares a las de los chinos. Viendo lo que Trump quiere hacer en el hemisferio occidental, ¿no podría el presidente ruso, Vladimir Putin, reclamar la misma carta blanca en toda la ex Unión Soviética y Xi Jinping en Taiwán?

@LuchoDiaz12 

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