COLUMNA

Respuesta a Juan Tadeo y Mariana Orozco Blanco

La opinión pública, en su ideal, no debería ser un patrimonio exclusivo de periodistas, políticos o un puñado de participantes ilustrados.

canal de WhatsApp

Juan Tadeo Orozco: Le comparto el escrito de Mariana en Guatapurí…

Doctor Juan Tadeo Orozco, cordial saludo para ustedes, en especial para la excelente escritora y opinadora Mariana.

Esta tiene razón, pero siempre ha sido así, quizá con pocas excepciones, como en la antigua Grecia donde los ciudadanos participaban en el ágora.

Entre nosotros, el concepto de ciudadanía no aplica.

La muchedumbre no participa sino tumultuosamente en manifestaciones públicas, revoluciones, guerras, violencia, elecciones populistas; redes sociales insulsas.

Por eso la opinión pública está reservada a los periodistas, políticos y unos cuantos participantes ilustrados, únicas personas con que cuenta la verdadera opinión nacional.

El problema de la democracia es su masa ignara, que por eso es inconsciente, una consumidora de cosas sin selección, bullangueramente, sin remedio ni a corto ni a mediano plazo. Abrazos.

La afirmación de que la ciudadanía como concepto pleno no aplica entre nosotros no es solo una lamentación, es un espejo de nuestras propias lamentables realidades. La muchedumbre, cuando se manifiesta, repito, suele hacerlo de forma tumultuosa, en marchas, huelgas, asambleas populistas, redes sociales que aceleran la polarización. Pero esa turbulencia no se traduce en deliberación informada, es solo ruido, simple consumismo de imágenes y consignas.

La opinión pública, en su ideal, no debería ser un patrimonio exclusivo de periodistas, políticos o un puñado de participantes ilustrados. Debería ser un espacio abierto, crítico y educable, donde la diversidad de voces dialogue, se verifique la información, se cuestionen los intereses y se construyan consensos posibles. Pero la realidad conspira; los medios, los poderes y las dinámicas de mercado condicionan qué se escucha, qué se discute y qué queda silenciado.

El problema de la democracia no sería la masa, sino la calidad de la deliberación. Una masa que no sabe o no puede saber, que consume sin discernimiento y que se deja seducir por soluciones fáciles sin responsabilidad, se vuelve combustible para soluciones autoritarias o para populismos que aprovechan la ansiedad ciudadana. No es un destino inevitable, es un impulso que puede ser corregido con educación cívica, transparencia institucional y mecanismos de participación real que permitan a la gente no solo votar, sino también co-crear políticas públicas.

La tarea, entonces, no es despreciar a la muchedumbre ni idealizar una élite, sino fortalecer la conversación pública con herramientas de alfabetización mediática, plataformas deliberativas y rendición de cuentas. Debemos promover espacios donde la gente pueda informarse, debatir con rigor, contrastar evidencias y exigir respuestas. Solo así la opinión pública dejará de verse como un lujo de unos pocos para convertirse en un recurso común, vivo y dinámico, capaz de influir en las decisiones colectivas u oponerse a las inconvenientes.

En definitiva, la democracia no es un estado estático ni una mera votación periódica, es un proceso continuo de construcción colectiva. Si queremos avanzar, necesitamos que la ciudadanía se asocie a la responsabilidad de informarse, participar y exigir transparencia. Quizá entonces, en lugar de una muchedumbre tumultuosa, tengamos una ciudadanía que, con conocimiento y conciencia, transforme la opinión en acción cívica, y la acción en cambios sostenibles para todos.

Por Rodrigo López Barros

rodrigolopezbarros@hotmail.com

TE PUEDE INTERESAR