Últimamente muchas personas llegan diciendo: “Creo que estoy deprimida”, “Creo que algo está mal conmigo”. Y cuando empezamos a conversar, descubrimos que no siempre es depresión; a veces es duelo. Duelo por una relación que no fue, por el proyecto que no se dio, por la estabilidad que imaginábamos y no llegó, por la versión de nosotros que pensábamos que ya deberíamos ser.
No todo estado de tristeza es un trastorno, no todo desánimo es enfermedad. A veces es el proceso natural de despedirnos de una expectativa.
Crecemos con imágenes muy claras de cómo debería verse nuestra vida a cierta edad, cómo debería sentirse el amor, cómo debería estar nuestra economía, cómo debería ir nuestra carrera. Y, cuando la realidad no coincide con esa narrativa interna, algo se rompe y duele.
Pero como no hubo funeral, ni despedida oficial, ni ritual claro, no sabemos que estamos atravesando un duelo; solo sentimos vacío, frustración, comparación constante. Nos exigimos estar agradecidos, nos exigimos no quejarnos, nos exigimos “pensar en positivo”. Y nos invalidamos.
El duelo por la vida imaginada es silencioso, nadie más lo ve. Desde afuera quizás todo parece estar “bien”, pero por dentro estamos soltando una historia que nos acompañó durante años, y soltar duele.
Eso no significa que no haya que evaluar cuando hay síntomas persistentes de depresión, claro que sí. La salud mental debe tomarse en serio, pero también debemos dejar espacio para reconocer que la tristeza tiene sentido cuando estamos cerrando una etapa que no salió como esperábamos.
A veces no necesitas medicarte, a veces necesitas llorar lo que no fue, a veces necesitas aceptar que la vida no siguió el guion que habías escrito. Y eso no es fracaso, es humanidad.
Hay algo profundamente valiente en reconocer: “Esto no fue como lo soñé, y me duele”. Porque solo cuando dejamos de pelear con la realidad podemos empezar a construir algo nuevo desde lo que sí es.
El duelo no siempre es por alguien que murió; a veces es por planes que no nacieron, por futuros que no se concretaron, por promesas que no se cumplieron. Y está bien sentirlo.
No todo es depresión, a veces es un corazón ajustándose a una versión distinta de la vida.
Y esa adaptación también necesita tiempo, compasión y acompañamiento.
Por Daniela Rivera Orcasita
