Vivir en Europa es una de las experiencias más gratificantes e incomparables que una persona puede tener en la vida. Pocas cosas se comparan con la oportunidad de disfrutar actividades y conocer lugares que solamente pueden encontrarse en este continente. Abrir una botella de vino frente a la Torre Eiffel; disfrutar de un buen plato de pasta y adentrarse en las ruinas del Coliseo Romano, en Italia; perderse entre los canales de Ámsterdam y contemplar los campos multicolores de tulipanes de los Países Bajos; saborear una taza de chocolate caliente frente al Jungfrau, en los Alpes suizos; caminar por La Rambla de la cosmopolita Barcelona; o vivir, lleno de adrenalina, un partido del mejor equipo del mundo, el Real Madrid, en el estadio Santiago Bernabéu, son apenas algunas de las experiencias que se pueden disfrutar mientras se vive en el viejo continente.
Pero hay algo que, por más que se recorran todos los rincones de este admirable continente, no resulta fácil encontrar. El calor humano y la sensación de sentirse en casa que se vive en Valledupar son difíciles de replicar, no solo en Europa, sino en cualquier otra parte del mundo.
Valledupar tiene algo intangible, difícil de describir, pero imposible de ignorar para quien ha nacido en ella. Es una sensación que se hace más intensa cada vez que uno se aleja. La distancia, en lugar de borrar los recuerdos, los fortalece. Basta con escuchar un acordeón, sentir el olor de la tierra mojada después de la lluvia o probar un pedazo de panela para que la memoria emprenda un viaje inmediato hacia las calles, los árboles y las voces del Valle de Upar.





