Agota sostener una sonrisa, frente a la mirada fría, de aquellos que no comprenden la ingenuidad. Es difícil llorar, ante aquellos que consideran la sensibilidad, como un acto de debilidad. Si eres fuerte, te quiebras, y si te permites ser vulnerable, te quieren romper. ¿Qué hacer en un mundo que quiere cambiar constantemente la realidad por la perfección?
Resulta fácil decir, no cambies, te acepto, me gusta tu forma de ser, pero… La honestidad del otro, nos agrada, hasta que revela nuestras mentiras; la responsabilidad del otro, nos cautiva, hasta que expone nuestra pereza; la disciplina del otro, la aprobamos, hasta que conocen nuestra indulgencia; creemos en el perdón, pero no en aquel que nos traicionó; nos agrada ver a otros exponer sus sentimientos, pero no queremos revelar, lo que hay en nuestro corazón; valoramos el orden y la perfección, siempre y cuando no expongan el caos, que sostiene una vida perfecta, que aunque no es real, logra llamar la atención.
¿Cómo saber qué es real, cuando hemos adoctrinado una vida de mentiras? ¿Cómo aceptar las diferencias, cuando creemos que las personas deben pensar, sentir y proceder, siempre de la misma forma?
Es difícil ser real hoy día, en un mundo que pide perfección, ante muchas personas, que aún no saben quién son, y con otras tantas, tan seguras y orondas, que discriminan, juzgan y rechazan, todo aquello alejado de su vida de ficción.
Enfermedades huérfanas, que antes nadie reconocía, y hoy día tienen más de un doliente y patrocinador; una comunidad LGBTQ+ que antes se escondía, y ahora clama todo aquello que reprimió, autistas que antes nadie comprendía, y hoy día, hasta Mattel, quiere fomentar la “moda” de la inclusión. ¿Qué debemos hacer, para aceptarnos, y aceptar al otro, sin luchas y sin castración? No debe ser cuestión de moda, o que el gobierno disminuya impuestos, para contratar personas con discapacidad, o hacer alarde de una buena intención. ¿Cómo normalizar, el aceptar personas reales, y entender lo que es ajeno, a nuestra propia tradición?
En ocasiones, es cuestión de conocer otras culturas, para comprender que aquello que no encaja con tus raíces, otros valoran, y muestran con orgullo, lo que tú escondes, por miedo a la exclusión. A veces vivimos buscando, no quién ser, sino algo que apruebe, aquello que nos esforzamos por esconder. Buscamos entender por qué cuesta ser algo, que no tiene el mismo molde, aprobado por la sociedad, y unas cuantas personas más, con mucho poder.
Una cosa es decir que cada persona es única, y otra muy distinta, es comprenderla, sin condenar su naturaleza. Nos esforzamos más por ser aceptados, aprobados e incluidos, que por ser, respirar y sentir tranquilidad. En ocasiones no se sabe qué es peor, si ser rechazados, por nuestra forma de ser, o terminar enfermos, por tolerar la forma de ser, de alguien más. Al transcurrir los años, cuando ya tenemos más pasado que futuro, es cuando empezamos a cuestionarnos, ya sea por mucho aguantar, o por mucho reflexionar, y es ahí cuando decidimos despertar, queriendo hacer realidad, algo que debió fluir hace muchos años, con naturalidad.
No estamos para que nos entiendan, estamos para compartir desde nuestra esencia; la vida no es para entender, es para disfrutarla tal cual y como venga. Si una enfermedad huérfana, encontró familia y quién cuide de ella, empieza por ser real, y verás que encuentras un parche, que comparta tu vida, sin tanto dilema.
Por María Angélica Vega Aroca
Psicóloga





