El año nuevo suele llegar cargado de exigencias, que estemos bien, que tengamos claridad, que estemos motivados, que sepamos qué queremos. Pero pocas veces nos preguntamos si estamos siendo honestos con lo que sentimos al comenzar.
No todos llegan al 1.º de enero con esperanza, algunos llegan cansados, otros llegan con duelos abiertos, hay quienes llegan rotos por dentro, intentando sonreír para no incomodar. Y eso también es empezar un año.
Desde mi trabajo clínico he aprendido que no siempre necesitamos empezar fuertes; muchas veces necesitamos empezar honestos, reconocer cómo estamos, sin máscaras, sin frases hechas, sin la presión de tener respuestas inmediatas.
