El año nuevo suele llegar cargado de exigencias, que estemos bien, que tengamos claridad, que estemos motivados, que sepamos qué queremos. Pero pocas veces nos preguntamos si estamos siendo honestos con lo que sentimos al comenzar.
No todos llegan al 1.º de enero con esperanza, algunos llegan cansados, otros llegan con duelos abiertos, hay quienes llegan rotos por dentro, intentando sonreír para no incomodar. Y eso también es empezar un año.
Desde mi trabajo clínico he aprendido que no siempre necesitamos empezar fuertes; muchas veces necesitamos empezar honestos, reconocer cómo estamos, sin máscaras, sin frases hechas, sin la presión de tener respuestas inmediatas.
Hay personas que comienzan el año arrastrando pérdidas, separaciones, diagnósticos, decepciones o silencios largos y, aun así, se sienten culpables por no estar “agradecidos”, “positivos” o “motivados”.
Pero la salud mental no se construye desde la exigencia, sino desde la verdad.
Empezar honesto, es decir: Este año no sé exactamente qué quiero, pero sí sé cómo no quiero seguir, no tengo todas las fuerzas, pero tengo la intención de cuidarme, no estoy bien del todo, pero estoy aquí, no es poco es muchísimo.
La honestidad emocional nos permite dejar de pelearnos con lo que sentimos, nos devuelve al cuerpo, a la experiencia real, a la posibilidad de acompañarnos en vez de castigarnos.
Quizás este año no empieces cumpliendo metas, sino escuchándote, quizás no empieces cambiándolo todo, sino respetando tus tiempos, quizás no empieces fuerte, pero empieces consciente.
Y eso, en términos de salud mental, ya es un acto profundamente valiente.
Por Daniela Rivera Orcasita





